La isla

Que sí. Que lo sé. Que lo tengo muy claro. Podéis dejar de repetirlo.
Las cosas enormes, las cosas magníficas, ocurren más allá del felpudo, muy pasada la zona de confort. Si me quedo recluido entre almohadas jamás descubriré los tesoros que ocultan esas rocas que parecen tan afiladas desde la lejanía. Pero qué culpa tengo yo de haber naufragado en esta isla desierta de apenas cuarenta metros cuadrados en la que solo hay un arbusto y tres palmeras. Podéis creerme. Qué más quisiera yo que cruzar a nado este océano desconocido para alcanzar la auténtica realización personal (y la civilización). Pero hay algo enorme que me lo impide, y no estoy hablando del temor a lo desconocido, hablo de las dentaduras de los tiburones que infestan las aguas que me rodean.
Insisto. Que quede muy claro que si no abandono el nido no es por pereza e inseguridad, sino por puro instinto de supervivencia

 

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