El Baile

A los pobres nos basta con darnos una buena tunda en un bar de mala muerte para relajarnos, pero los ricos lo tienen jodido de verdad. Imagina por un momento que vives atrapado en un ecosistema donde la gente se insulta halagándose. Dónde la mayor humillación que puedes perpetrar y a la que te pueden someter consiste en no desear, o que no te deseen, buenos días. Imagina que lo más parecido a la pornografía que puedes obtener es una novela romántica. Todo ese amasijo de normas de cortesía y modales crea un auténtico campo de cultivo de odio e ira homicida. Por eso se inventaron los bailes de palacio: para que los ricos se apaleen sin perder la elegancia. Sí, hablo de esos bailes tan pomposos en los que todo el mundo sonríe debajo de una máscara de arlequín. Pero lo cierto es que sonríen para que sus adversarios no se den cuenta que tienen un par de costillas rotas. Sonríen para que su siguiente pareja de baile no sepa dónde debe golpear para dejarles inconscientes. Y claro, las máscaras son solo para ocultar los ojos morados y las cejas partidas. Estos bailes son en realidad combates coreografiados, y tienen más en común con las peleas de gallos que con la danza. Esto funciona así. Los ricos se reúnen en un palacio a las afueras, igual que los drogadictos acuden a un descampado en la periferia, dejan que el volumen de la música ahogue cualquier llanto o quejido y empiezan a bailar. Se empiezan a sacudir con un grado de  violencia que cuesta de imaginar. He presenciado peleas a machete entre marineros borrachos, pero lo que hacen aquí las señoras de mediana edad con sus collares de perlas, lo que hacen con ellos y por dónde los introducen, escandalizaría al marinero más curtido y salvaje. Lo que digo es que si por aquí una doncella perdiera uno de sus zapatos a media noche, el príncipe de turno que lo recogiera no se encontraría un delicado zapato de cristal tallado a mano, sino una bota de cuero con espolones. Puedes echar un vistazo en la sección de objetos perdidos si no te lo crees. Tienen cajones específicos para las sandalias de clavos y para las zapatillas con punta de hierro. No es casualidad que las damiselas, al despedirse, se tapen la boca con un abanico para que nadie note que han perdido varios dientes durante la contienda. Si no te lo acabas de creer tan solo tienes que fijarte en que todos los asistentes al baile siempre abandonan el recinto en un carruaje pomposo. Y no lo hacen para presumir de estatus y/o de cochero, no, lo hacen sencillamente porque no pueden andar. En serio, no presumen por ego sino por prescripción médica.  

Texto publicado en el nº 28 de Obituario Magazine, dedicado a Jane Austen. 
Las reglas de etiqueta requieren que empecéis a seguir a la publicación antes del postre.
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