El ascenso

Los manuales de supervivencia dirán lo que quieran, pero lo peor que le puede ocurrir a un alpinista es lograr la cima. Bueno, es cierto que los desprendimientos y los sherpas traicioneros pueden ser un verdadero quebradero de cabeza, y que comer nieve y musgo cada día termina por empachar, pero eso no es nada comparado con la ruina que supone llegar a lo más alto. Creedme, palabra de George Mallory. No hay nada peor que esforzarse y perder varios dedos por alcanzar un páramo estéril. No hay nada peor que subir para averiguar que se estaba mejor abajo. Por eso siempre boicoteo mis ascensos. Por eso compro cuerdas baratas, que más que cuerdas son hilo dental, y uso imperdibles a modo de mosquetón. Y por eso llevo conmigo inhaladores contra la alergia como si se trataran de bombonas de oxígeno. Me boicoteo a mí mismo para transitar una y otra vez por ese sendero que hay entre la euforia y la debacle, para acampar en ese instante en el que todavía crees que te espera una recompensa al final del camino.

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