El acoso

Siempre he creído que llegado el momento sería amenazado por algún psicópata. Algo en mi interior me decía que de un día para otro un lunático la tomaría conmigo por puro aburrimiento y que me haría la vida imposible. Sí. Y no solo me he limitado a creerlo con firmeza como si de un dogma se tratara, sino que además me he preparado para ello. De verdad. Soy un paranoico practicante. He entrenado para recibir amenazas escritas con recortables de revista, para encontrarme pintadas satánicas con pintalabios en el espejo del cuarto de baño. Estaba incluso psicológicamente preparado para que un escuadrón de sectarios se colara en mi casa a altas horas de la madrugada y descuartizara a mis tortugas. Es que si vives en la ciudad es cuestión de  pura estadística, que tocamos a un tarado por cada cien habitantes. Así que lo mejor es acortarse cada día  a sabiendas que tienes la psicopatía a la vuelta de la esquina. Y como es algo inevitable lo mejor es que ocurra cuanto antes para poder quitártelo de encima: como esa operación de rodilla que tienes pendiente. Como esa cena familiar que sabes que tendrá lugar más pronto que tarde. Por eso cuando empecé a recibir esas llamadas anónimas simplemente descubrí la inmensidad de la palabra alivio. Ocurrió deprisa, pero cuando colgué, suspiré y dije por fin. Eres cáncer y delirio, me dijo la voz, y luego me deseó que terminara de pasar un buen día, y colgó. El caso es que yo esperaba alguna amenaza y/o insulto. Algo más. Alguna ofensa insoportable, o que me revelaran oscuros secretos de mis vecinos que me hicieran aun más incómodos los encuentros en el ascensor. Esperaba que por lo menos me hicieran chantaje. Pero no. Solo eso. Solo eres cáncer y delirio, que más que a insulto me suena a piropo. El chalado que me ha tocado es una decepción absoluta. Tantos años mentalizándome para soportar el acoso de un pirado de categoría para tener que lidiar con semejante aficionado. Y es que en lugar de llamarme diariamente a altas horas de la madrugada, lo hace una vez cada dos semanas, o ni eso. Suele llamar a media tarde, cuando no tengo nada que hacer y casualmente paso cerca de la mesita del teléfono. De hecho, las llamadas se producen cuando me he olvidado de una cita importante o me he quedado dormido en el sofá con el horno encendido. Más que algo molesto que trastoque mi vida y me haga erizar el vello de la nuca, es como el servicio despertador de un hotel, pero gratuito. Como un terapeuta  que me susurra al oído cosas medio bonitas medio enigmáticas para que me espabile cuando estoy embobado, pero gratuito. El fracaso de ese lunático es tal que ha terminado por hacerme sentir más arropado que acosado.

Texto publicado en el Nº 27 de Obituario Magazine, dedicado a Henry Miller. Si seguís a la publicación en sus redes, es posible que revolucionéis la generación Beat  (aunque seguramente no).
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