El terrorismo

Si te digo que soy un cazador de tormentas, te imaginarás a un tipo barbudo enfundado en un chaleco militar que va de aquí por ahí montado en un todoterreno con antenas parabólicas atornilladas al techo. Te imaginarás al protagonista rudo y medio alcohólico de una película mala. Pero si te digo que soy un cazador de arcoíris, por muy abierto de mente y moderno que  te consideres, te imaginarás a una adolescente medio idiota y enamoradiza que se pasa el día fotografiándose los pies. Pues no. Pues y una mierda. Ni lo uno ni mucho menos lo otro. Tampoco quiero decir que cazar arcoíris sea la profesión más varonil y/o peligrosa que existe, pero sigue siendo más jodida que la de oficinista. Y sigue siendo la mía.
El hecho es que al oír sobre mi oficio se asume que voy por ahí rastreando arcoíris y que, cuando por fin encuentro uno, lo fotografío hasta la saciedad y hago esta u otra medición de campo. Se cree que anoto la temperatura y la humedad, y que describo parábolas y dibujo círculos encima de un mapa en busca de patrones. Pero no. Ni de lejos. Lo que yo hago es conducir sin rumbo bajo la lluvia, y esperar. Esperar hasta encontrar un arcoíris y luego ametrallarlo. Literalmente. Tengo un fusil automático en el maletero, y cuando veo a uno de esos cabrones multicolor aparecer en cielo, apunto hacía arriba y jalo el gatillo. Y cuando se termina la munición le arrojo piedras. Y cuando ya no quedan piedras por la zona, escupo. Y cuando tengo la boca seca me limito a maldecir e insultar hasta que pierdo la voz. El caso es que hay que alejar a esos monstruos intangibles de nuestros hijos. El caso es que alguien tiene que hacerlo. La gente ve un ente colorado con forma de puente mágico aparecer de la nada, y  de repente se olvida la tormenta atroz de las horas previas. La gente menosprecia la virulencia del vendaval y la contundencia del trueno en favor de algo flotante y volátil que apenas dura un suspiro. Que sí, que es todo un efecto ambiental sin maldad ni intereses petrolíferos, pero nos manda un mensaje erróneo a la vez que peligroso.  Esas cosas etéreas, por el simple hecho de hacer acto de presencia, nos meten en la cabeza que tras la tormenta siempre vendrá lo bonito y lo excesivamente cursi. Pues no. Pues y una mierda. Yo digo que hay que dar caza a los arcoíris con la misma contundencia que a los dogmas religiosos que venden una salvación de parvulario. Yo digo y redigo que hay que batallar contra el  terrorismo sentimental  sin piedad ni descanso.
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