Los temblores perdidos

Si negativo por negativo da positivo, miedo por miedo da sosiego. Con esta deducción cogida con pinzas de depilar las cejas como precepto, en mi familia se ha logrado que los primogénitos estén inmunizados contra el miedo. Vaya, que sean invulnerables al terror y a sus mordiscos. Y aquí interviene más el esfuerzo que la genética. Para alcanzar la capacidad de dejar de temblar para siempre tan solo se debe aplicar una simple rutina de sustos continuados y traumas sostenidos. Concretamente uno semanal durante unos cuantos años. Así conseguimos una depuración de lo terrorífico por sobredosis. Por ese motivo acabo de abandonar a mi hijo preadolescente en medio del bosque en esta noche de tormenta. Dormirá, o por lo menos lo intentará,  en un entorno hostil y desconocido, sumido en una total oscuridad y sin más compañía que los aullidos de los lobos que merodean por la zona. Le he pedido que bajara del coche para recoger unas flores para llevárselas a su madre, y en cuanto ha puesto el pie en el suelo he pisado el acelerador a fondo. Le he visto por el retrovisor corriendo para intentar alcanzarme hasta que ha tropezado con un arbusto. Le hago lo mismo todas las semanas, y realmente no entiendo cómo puede seguir cayendo en el mismo truco. El caso es que lo recogeré por la mañana, asustado y probablemente en estado catatónico, y estará un paso más cerca de la tranquilidad absoluta. Y sé de lo que hablo, que yo tuve que pasar por lo mismo. El método de mis padres consistía  en invitar a cenar y a dormir a casa a un desconocido cada fin de semana desde que cumplí siete años y  hasta que empecé a afeitarme. Eso no tendría nada de terrorífico sino fuera porque invitaban a gente claramente trastornada y a psicópatas declarados. Para que me entendáis, el invitado más normal que recuerdo intentó comerse las servilletas y se peinó con el tenedor. Mientras ponían la mesa mis padres aprovechaban para informar a los visitantes, a los que alojaban en la habitación contigua a la mía, que yo sufría de terrores nocturnos, por lo que no se alarmarían en absoluto si en plena noche empezaba a chillar o a pedir auxilio, o incluso a aporrear su puerta mientras gritaba que el loco al que habían invitado intentaba estrangularme con una toalla. Y acto seguido le entregaban al huésped de turno una toalla a la vez que le preguntaban si deseaba una taza de café. Como leéis. Para rematar la velada  también medio escondían objetos punzantes por la habitación; un pica hielos al lado de la mesilla de noche, un machete detrás de las cortinas, y una navaja en el interior de la almohada. Dejaban ese tipo de cosas a la vista por si a los perturbados les apetecía echar mano de ellas, como aquel que deja bombones en la habitación de un hotel para que sus huéspedes se lleven una grata sorpresa. Y todo eso lo hacían para que yo no pegara ojo en toda la noche, para que supiera que un más que posible  asesinato atroz me vendría encima de un momento a otro.

Nunca nadie me tocó un pelo, pero aun así me pasé temblando toda mi adolescencia. Y un día ocurrió. Un día solté un alarido que hizo retumbar los azulejos, y tras ello dejé de temer al pirómano recién rehabilitado de la habitación de al lado al que mis padres habían dado una caja de cerillas junto al postre. Un día simplemente grité por última vez y dejé de encontrar motivos para temerle a nada. Supongo que hay un límite para todo, incluso para el miedo, y que cuando sobrepasas ese límite quedas oficialmente vacunado. Y realmente vale la pena. Vale la pena concentrar todos los escalofríos en una etapa de tu vida y luego olvidarte de ellos para siempre. Vale la pena pillarte una buena borrachera de horror para conseguir volverte abstemio. Así que yo estoy haciendo lo mismo por mi hijo, aunque con bastante más amabilidad de la que tuvieron conmigo. La realidad es que he dejado al chaval en el parque de la esquina, y que los aullidos de los lobos que él cree que le acechan provienen de los perros falderos de los vecinos. Los truenos que le mantienen con los ojos cerrados y la cabeza gacha y las manos tapándose los oídos, no son más que petardos que lanzan unos forofos por la victoria de su equipo de fútbol.  En realidad le estoy asustando con arnés de seguridad, pero eso no se lo confesaré jamás, claro. No vaya a ser que en el futuro el miedo se dé por estafado y decida volver para recuperar los temblores perdidos.

Texto publicado en el Nº 31 de Obituario Magazine, dedicado a Edgar Allan Poe. Aprovechad para seguir a la publicación en sus redes ahora, que en los ataúdes no se pilla bien el wifi.
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