Los confines de la galaxia

Uno de cada diez dentistas recomienda la ingesta masiva de azúcar para realizar viajes estelares. Y es que eso de decir que ves las estrellas cuando te duele una muela no es solo una simple expresión.  Por lo menos no para mí.  De hecho, en mi caso esa expresión tiene más de descripción objetiva de la realidad, más de definición puntillosa de diccionario, que de exageración. No tengo muy claro qué relación hay entre las caries y los agujeros de gusano, pero la cruda realidad es que mi maltrecha dentadura es un portal espacial que me permite viajar a otros mundos y galaxias sin apenas despeinarme. Es gracias a que llevo media vida alimentándome de golosinas y de chocolate, y que no me cepillo los dientes desde que salí del parvulario, que he conseguido ser el primero en cruzar la meta de la carrera espacial de la humanidad. Y no me puedo quejar, que he visto cosas que no creeríais; como cuando les pusieron pestillos a las puertas de Tanhauser, o cuando una nueva normativa espacial obligó a sustituir los rayos C por bombillas de bajo consumo para alumbrar Orión y sus cercanías. Eso sí, lo malo de mi habilidad es que es aleatoria tanto en su activación como en su destinación, por lo que tengo que estar siempre preparado para una nueva e inesperada expedición espacial. Y es que el dolor de muelas es incontrolable, y lo más normal es que te pille por sorpresa. Te vas a dormir tan tranquilo y quizás te despiertas a altas horas de la madrugada con un flemón en la mejilla y en el interior de uno de los cráteres de la luna. Te tomas una sopa demasiado caliente y, al volver a abrir los ojos tras el aguijonazo de dolor que te ha impactado en el maxilar superior, te das cuenta que el restaurante y el sistema solar en el que estabas ha desaparecido y ahora te encuentras a un tiro de piedra de Alfa Centauri. Vamos, es que hasta cuando pruebo un refresco con hielo no tardo ni siete segundos desde que me echo una mano a la mejilla  hasta que me veo explorando un cuerpo celeste desconocido. Y claro, así no hay quien salga a cenar o tomarse unas copas.

Así que si alguna vez me ves por ahí tirando la basura, o paseando al perro o regando las plantas, envuelto en papel de aluminio y con una caja de cartón en la cabeza, no me tomes por un lunático, tómame  por un tipo tan previsor como aventurero. Ten en cuenta que cuando me veas quizás esté inmerso en una actividad vulgar y mundana y aparentemente cutre, pero que en cualquier momento mi mandíbula empezará a palpitar y me adentraré en los confines de la galaxia. Y será entonces cuando todo el ridículo que llevo encima se tornará imprescindible, cuando el absurdo será lo único que me proteja de la implacable inmensidad sideral.

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