El arte del tormento

Mejor que lo suelte cuanto antes. Vamos allá. Me dedico a la tortura. Digo que me gano la vida infligiendo sufrimiento con fines recreativos. Convierto las lágrimas de unos en las sonrisas de otros. Transmuto el martirio  de pocos en la diversión de muchos. Y tú y los tuyos sois de la misma calaña que yo, eh, así que no te emociones con los juicios de valor precoces. Ten en cuenta que si no hubiera un puñado de tipos que voltean la cabeza y se detienen a observar  cuando alguien se tropieza por la calle, que si no se hiciera de la torpeza, la inocencia e inexperiencia, un espectáculo multitudinario, mi oficio no tendría razón de ser. Oferta y demanda, industria del entretenimiento y esas cosas tan turbias que les siguen. Ya sabes, simplemente es lo que hay.

Bueno, pues resulta que yo soy el responsable de orquestar esos vídeos que tanto miras y que tanto enseñas a este u otro conocido. Soy lo que viene siendo un torturador de los de toda la vida; de esos que tenían su despachito instalado en un calabozo y que consideraban como material de oficina las coronas de espinas. Soy una versión actualizada a los nuevos tiempos de ese torturador arquetípico del medievo. Una pista: he cambiado el serrucho y el acero candente por una cámara de alta definición y un programa gratuito de edición de vídeo. Exacto, has acertado. Soy yo el tipo que les acerca una rodaja  de limón a  los recién nacidos y les hace creer que es todo un manjar. Y grabo su reacción para que tú te tronches de risa con su tormento en miniatura. Registro un primer plano de su carita contorsionándose para tu disfrute personal. También soy yo el que disfraza a los gatos de marineros y/o astronautas y les monta encima de un robot aspirador. Admito que a veces también les persigo con un coche teledirigido. Les denigro solo para ti. Los sustos traumáticos a niños que todavía no saben ni montar en bicicleta, las bromas de mal gusto a peatones aleatorios que recorren los espacios públicos, las pruebas de habilidad a pie de calle y las fases eliminatorias de concursos de talentos; yo, yo, y yo. Quizá todas esas cosas te parecen más una trastada que un martirio, pero la tortura es algo complejo que no se mide por ninguna escala o baremo. La tortura no es una ciencia exacta, y su intensidad solo la define el torturado. Así que pido que no se minusvaloren mis esfuerzos para consolidar el tormento como disciplina artística. De verdad que espero que no se menosprecie mi esfuerzo por incordiar y atosigar. Y que conste que si confieso esto por escrito es por prescripción médica. Me lo recomendó el médico de cabecera al hablarle sobre mis problemas de insomnio. Me dijo que lo que tenía que hacer era hablar abiertamente de mi profesión para sacarme de encima la, siempre según él, inmensa culpabilidad que me impedía conciliar el sueño. Me dijo que confesara públicamente lo que le hice a su gato, que especificara el número exacto de  veces que le puse debajo del grifo del baño para grabar las cabriolas imposibles que el bicho hacía para sortear el chorro de agua, o que me preparara para tomar somníferos durante el resto de mi vida. Y si no fuera por mi fobia desmedida hacia la industria farmacéutica y sus efluvios, ten por seguro que habría elegido otra manera  para deshinchar las ojeras.

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