La esencia

Mi agente lo llama degradación y maldita majadería. Mis amistades lo tachan de retroceso profesional y de pérdida de la poca dignidad que me quedaba. Pero yo lo veo más bien como un vuelta a los orígenes. Yo, al contrario que los críticos estirados de la prensa especializada, no lo considero dar puta pena. Yo prefiero tomármelo como una catarsis. Estaba bastante harto de ver mi carrera dispararse hacía el estrellato sin que nadie la detuviera. Estaba cansado de que me ofrecieran trabajos cada vez más y más importantes. Hasta el mismísimo gorro de que me concedieran premios y galardones cada vez más y más prestigiosos. Es que no había día en que no tuviera que rechazar ofertas multimillonarias y súplicas por parte de las productoras para que aceptara encabezar el reparto de esa obra coral con las setenta estrellas mejor pagadas del mundo del entretenimiento. Así que cuando vi ese cartel mal recortado y pegado con cinta americana al tronco de un árbol, simplemente no pude resistirme. Cuando me enteré de ese casting para protagonizar una obra de teatro en una escuela primaria, estuve moralmente obligado a abandonarlo todo y presentarme a la audición.

Lo recuerdo como si fuera antes de ayer. Mi primer papel en el mundo de la interpretación fue de árbol de hoja perenne, y lo representé con tal magnificencia que estoy convencido de que logré emocionar a medio jardín botánico. Vale, por aquel entonces yo tenía cuatro años, y ahora tengo sesenta y dos, por lo que es posible que el equipo de vestuario tenga que hacer algún que otro retoque a mi traje. Pero la fachada es lo de menos, lo verdaderamente importante es lo que va por dentro de las tuberías. Y es que nunca he sentido tanta pasión por nada como en esos añorados veinte segundos en los que aparecí en escena, con un disfraz ortopédico con el que no podía respirar y que me provocó sendos picores en las axilas y la entrepierna,  y me quedé petrificado imitando a un árbol. Esa primera actuación despertó tamaña calidez en mi corazón que años más tarde me enrolé en la escuela de arte dramático tan solo para intentar revivir esa maravillosa sensación. He interpretado centenares de papeles desde entonces, pero, como es obvio, jamás conseguí ni acercarme a esa efímera alegría que recuerdo con tanta nitidez. Y es que hay cosas que solo se sienten  una vez en la vida. Y después se van para no volver. Aunque te esfuerces y te dejes la piel por reproducirlas, aunque te desolles las manos para intentar agarrarlas, tan solo consigues obtener un triste sucedáneo. Eso pasa con la primera paja y con el primer amor. También con la primera raya. Así que más claro el agua; ese cartel escrito con letra de palo que buscaba a un puñado de niños actores de entre dos y cinco años, era una nueva oportunidad para revivir mi único y verdadero momento de felicidad. La maestra de danza y artes plásticas que dirigía la representación no acababa de creerse que una estrella consagrada, y casi retirada, quisiera participar en su humilde obra. Creía que se trataba de una broma con cámara oculta o algún tipo de estratagema publicitaria para promocionar mi próxima película. Tuve que insistir mucho y sobornar a algunas personas y amenazar a otras cuantas, pero  finalmente conseguí el papel. Así que mañana, en el estreno de mundial de “El conejito Joe y sus amigos viajan a la granja”, me reencontraré con aquello que su simple recuerdo me hace sonreír. Y lo haré acompañado por un puñado de actores que todavía conservan los dientes de leche. Será en un escenario decorado con cartulinas de colores y papel mache donde hallaré la esencia de aquello que evita que la gente salte por las ventanas. Mañana todo mi ser rugirá al renacer en un abarrotado auditorio con un aforo máximo para veintitrés personas, y en el que se servirán sándwiches de crema de cacahuete  y refrescos sin cafeína.

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