La cacería onírica

Siento el rumor de algo lejano y distante que se asemeja al zumbido de un despertador, e inmediatamente echo mano de uno de los rotuladores que tengo guardados debajo de la almohada y apunto el cabezal hacia la pared. Y disparo. Todavía no he abierto los ojos ni emitido ningún quejido, todavía no me he dado cuenta de que estoy empalmado. Básicamente todavía no estoy lo que se dice oficialmente despierto. Estoy más roncando que bostezando, pero el instinto depredador me ha hecho mover y actuar por puro acto reflejo: igual que cuando un médico te golpea la rodilla con un martillo en miniatura o cuando te contraes antes de recibir un abrazo de según quién. Desconecto la alarma del despertador cinco minutos antes de que salte. Con la visión todavía lejos de estar enfocada, me incorporo y observo la pared y los garabatos que he hecho casi en estado de trance. Es lo de siempre, lo de cada día desde hace mucho. Conceptos estrafalarios e ideas barrocas escritas a lo largo y ancho de la pared. Una maraña de expresiones discordantes y adjetivos erráticos que forman una capa de pintura que se sobrepone a la verdadera capa de pintura.

Hoy se han añadido nuevas perlas a la colección, véase “Bonsai gigante”, “Volar por debajo del agua”, y “Elefantes con sudadera nike”. La cosa tiene mala pinta, pero ha habido días peores. A veces, en lugar de palabras, he escrito partituras o números de teléfono con prefijo extranjero. En ocasiones me ha dado por apuntar cosas como “Otoño de trescientos sesenta días” o “Contramestre de Nenúfar”. Hubo una temporada en la que en lugar de escribir, dibujaba figuras que nunca descifré si representaban esvásticas o el logotipo de Starbucks. Bueno, por lo menos lo de hoy se puede pronunciar. Me levanto y, todavía en calzoncillos, me siento en la silla en la que siempre me siento para mirar a la pared, la cual está suficientemente alejada como para contemplar el marco entero y suficientemente cerca para que la malla de palabras no se confunda con un montón de estática televisiva. Y entonces simplemente observo y leo. Observo y leo la chaladura redactada que tengo delante con el mismo ceño fruncido que tendría al contemplar un cuadro tipo collage que no acabo de comprender. Solo para dejarlo claro diré que con el rollo este de escribir cosas raras en la pared no intento hacer magia negra, ni  tampoco es que sea yo un grafitero de esos que llevan gorros de lana hasta en verano. Lo que hago no es nada más que simple caza mayor. De verdad, lo que hago se parece mucho más  a pescar o pegarle un perdigonazo a un pato que a ser autista o a intentar invocar a lucifer. De hecho, lo que quiero cazar tienen nombre y apellidos. Mi Moby Dick particular se llama sueño lucido. Este asunto consiste en soñar y ser consciente de que estás soñando. Porque cuando eres consciente de algo puedes controlarlo, ya sabes. Se supone que conseguirlo no es ni siquiera difícil. La receta para arponear a este monstruo imaginario tiene pocos pasos. Atento. Debes anotar todo lo que recuerdes de tu sueño justo en el mismo momento de despertarte. Y leer lo que has apuntado a lo largo del día. Y leerlo otra vez  antes de acostarte. Así durante varios días, y a esperar que el subconsciente haga el resto. Tú solo debes apuntar y leer, y esperar. Se supone que llega un día en el que estás dormido y soñando con tus mierdas, y que de repente algo hace click y dices “hostia”. Y entonces ya lo tienes. Al saber que estás soñando puedes manipular ese sueño a tu voluntad. Y eso quiere decir que tu escribes el guion y diriges la película que quieras, y sin preocuparte por el presupuesto o las malditas clasificaciones por edad. Exacto. No más pesadillas. No más miedo e inseguridad. No más tristeza. No más correr para alcanzar algo que siempre permanece en el horizonte. Con el sueño lúcido obtienes aquello que anhelas, y punto. Básicamente te conviertes en un dios que crea, destruye y distribuye a su voluntad durante toda la fase REM. Y como he dicho, esto que hago tiene más de ciencia que de mancia. ¿Que porqué apunto las cosas en una pared en lugar de en una libreta como la gente normal? Pues porque soy una persona harta despistada, y suelo perder todo lo que intento conservar. Las libretas se pierden, y esto es demasiado importante como para que acabe en el departamento de objetos perdidos de un centro comercial. Las libretas se pierden, pero las paredes no. Si pierdes una pared significa que te has perdido tú. Y sé que si alguien entrara ahora mismo en la habitación y me encontrara en calzoncillos, sentado en una silla plegable, observando una pared llena de frases sin sentido y tachaduras, como poco, me dispararía un dardo sedante con una cerbatana. Pero esto que yo hago no es una locura personal y transitoria, esto viene de lejos. Se trata de algo endémico e intergeneracional, ¿que no?  A ver si te crees que los hombres prehistóricos pintaban escenas de caza en las paredes de su cueva porque tenían inquietudes artísticas. Si te parece, dibujaban mamuts por todas partes para saciar su espíritu de decorador de interiores. No me jodas. Los hombres prehistóricos intentaban hacer lo mismo que hago yo, y tú, y cualquiera que haya respirado jamás, intentaban ser felices durante un rato. Y sus generaciones posteriores lo mismo de lo mismo. Las pinturas rupestres, la escritura cuneiforme, y hasta los malditos jeroglíficos no son más que un intento de llevar las riendas de la vida, aunque solo sea desde la puesta hasta la salida del sol. Las pruebas están ahí, en los museos y en los yacimientos que permanecen ocultos entre los cimientos de los rascacielos. Creértelo o no, pero el legado de la raza humana está plagado de los restos atemporales de una cacería onírica.

Me levanto de la silla solo para ir a buscar una lata de melocotón en almíbar y cerrar la puerta con pestillo. Una cosa sería que mis compañeros de piso me descubrieran en gayumbos mirando una pared garabateada, y otra que me vieran haciendo eso mismo mientras desayuno una lata de conservas. Hasta yo tengo un mínimo de dignidad. Bueno, pues en teoría bastaría con leerse la pared cada día para conseguir dominar el sueño lúcido. Eso en el caso de que mi mente no estuviera tan jodida. En principio esto debería ser como seguir el rastro de una alimaña a la que acechas y que se ha escondido en el bosque de tu mente. Te agachas y ves las huellas que sus patas han dejado en el suelo, los hierbajos que ha aplastado  y las piedrecillas que ha removido al huir. Y sigues esa estela de pistas sutiles hasta dar con su madriguera. Eso es más o menos lo que haces al leer los fragmentos de tu sueño. El problema, mi problema, es que después de años de consumo de drogas recreativas, y de esnifar pegamento barato, mi mente se asemeja más a un aparcamiento poblado de escenas y elementos del todo estrambóticos que a un bosque con pajaritos y demás. Mi subconsciente se ha convertido en un páramo estéril y asfaltado en el que habitan seres sin pies ni cabeza, y a veces literalmente. Sí, mi subconsciente se asemeja mucho a un museo de arte contemporáneo, y no hay manera de saber si esas cosas raras que lo pueblan están ahí para transmitirme algo importante o para tomarme el pelo. En mi cabeza no hay manera de saber si estoy persiguiendo algo o ese algo me está persiguiendo a mí. Así que ahí donde la gente apuntaría en su libreta fragmentos de un sueño normal como “Me ha tocado la lotería” o “Reencuentro con los amigos de infancia” o, en un alarde de imaginación “Cabalgo a lomos de un unicornio“, yo apunto en una pared cosas como “Fábrica de chupetes con sabor a nicotina” o  “Descarrilar en el aire“. Cada día sueño una parida más y más psicodélica que el día anterior. Cada día me pierdo un poquito más en ese laberinto alquitranado y abstracto que constituye el interior de mi cabeza cuando las luces se apagan. Y no sé si ese click que se supone que debo escuchar de un momento a otro ha sonado ya. Ahora mismo no podría afirmar si estoy apuntando lo que sueño o si sueño lo que apunto. La verdad es que sería una autentica putada estar desayunando comida de lata cuando podría hacer aparecer un desayuno continental con tan solo desearlo. Pero no puedo rendirme por mucho que esté caminando en círculos. Mi orgullo de cazador me impide abandonar el rastro que quizá yo mismo esté dejando. Controlar la no realidad es una pieza de caza demasiado mítica como para no despellejarla con tus propias manos, y estar enloqueciendo no me parece excusa suficiente para abandonar la batida. Lo peor es que este objetivo, esta partida de caza neuronal, tiene fecha de caducidad. Llegará un día en el que me acueste y no vuelva a despertar, por lo que debo dar muerte y disecar a la bestia que persigo antes de que eso ocurra. Solo así podré protagonizar mi propio sueño en lugar de seguir haciendo de figurante en la pesadilla de otro.

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