Hiroshima

Me hicieron firmar una cláusula exculpando a la NASA de cualquier posible accidente, renunciando así a cualquier tipo de indemnización económica o moral en caso de fallecimiento por desintegración y/o combustión espontánea. Pero no se les ocurrió incluir un apunte en ese contrato de setenta páginas que me impidiera comportarme como un cretino. Y a eso estamos.

Ahora mismo estoy participando en una videoconferencia con cientos de psicólogos y psiquiatras a cuarenta mil años luz de la tierra. Ahora mismo, un montón de gente bastante nerviosa me está intentando calmar desde la otra punta de la galaxia. Tipos histéricos que me piden que me relaje. Tipas al borde del llanto que me suplican que me tranquilice y respire hondo mientras cuento hasta diez. Algunos de ellos tiran de clásicos para convencerme; me halagan y me enumeran las ventajas de hacerles caso. Los innumerables beneficios de ser colaborativo. Niego con la cabeza y espero los largos siete minutos que la imagen tardará en llegar a la tierra y a esa sala que huele desodorante de roll-on y a café de máquina. La pantalla me devuelve la imagen de un montón de gente con bata golpeándose la cabeza con la palma de la mano. Y siete minutos más tarde escucho sus suspiros. Abro la boca y la cierro al cabo de unos segundos, y espero. Espero los rigurosos siete minutos que se toma la señal para rebotar de un asteroide a otro hasta alcanzar ese despacho muy muy lejano y con las papeleras abarrotadas de colillas y de prospectos de diazepan. La cara pixelada de los loqueros se ilumina y ensancha al creerse que he empezado a hablar y que por fin he terminado con el ataque de mutismo que ya se alargaba un par de semanas. Creen que lo han conseguido. Creen que me han convencido. Pero no. Todavía faltan dos minutos para que su reflejo se vuelva mustio al comprender que no estaba iniciando una conversación, sino que estaba bostezando. La pantalla me muestra a una doctora arrancándose un mechón de pelo en segundo plano, y a un médico que se acerca a la cámara con la vena del cuello muy hinchada y me apunta con el dedo índice. Abre y cierra la boca muy rápido. No creo que esté bostezando, pero tampoco me espero a recibir el audio. Aporreo el ordenador con uno de esos martillos pequeños que sirven para romper las ventanas de los autobuses escolares en caso de emergencia. La pantalla se arruga y deforma como cuando le lanzas una piedra al parabrisas de un coche. Destrozo el ordenador  igual que he destrozado las cámaras y los instrumentos de medición que habían instalado a lo largo y ancho del tambor de lavadora envuelto en papel de aluminio en el que me metieron y al que llamaron nave espacial de vanguardia. El trozo de chatarra  al que algún iluminado decidió bautizar como Edén. La radio zumba a los siete minutos exactos tras el primer martillazo. Son pesados como ellos solos, pero tampoco se les puede culpar. Al fin y al cabo llevan días encerrados en una sala sin ventanas y en la que se encienden media docena de barritas de incienso cada pocos minutos. Una sala en la que el sistema de megafonía emite en bucle sonido de lluvia y  cantos de ballenas. Una sala donde las tilas casi se inyectan en vena.  Y están  ahí encerrados para hacerme entrar en razón, para tratar de que no actúe como un idiota. El problema, su problema, es que no son capaces de entender que tengo más de estratega que de imbécil. Descuelgo ese walkie-talkie que parece más propio de la radio de un bote pesquero que de un transbordador espacial. No nos engañemos, el Edén es una nave fabricada con los restos de otros vehículos todavía más cutres y para nada aptos para soportar la velocidad del sonido, ya ni te digo la de la luz.

El altavoz vibra y me dice “Aquí base. Informe. Corto.”

Aprieto el botón de este interfono intergaláctico y tarareo la melodía de esa canción  de un dúo con peinados estrambóticos que quizá se ha versionado demasiado. Suelto el botón y espero.

El altavoz dice “Aquí base. Reporte. Corto.”

Aprieto el botón que activa la comunicación y ladro, y luego imito el mugido de una vaca. Y suelto el botón. Y espero.

El altavoz dice “Aquí base. Por favor. Corto.”

Pobre gente. Tan solo intentan hacer su trabajo y yo aquí portándome como un autista. Tan solo quieren que hable y les cuente algo, lo que sea. Pobre gente, pero no. Se creen que me ha dado una rabieta espacial, y que tarde o temprano bajaré del burro, pero no saben que lo que hago no es otra cosa que llevar a cabo la última parte un plan que llevo media vida orquestando. Y es que mi intención siempre fue esta; mi intención siempre fue estar aquí solo para dejar de estar ahí.

El altavoz dice “Aquí base. Vamos, tío. Corto.”

Lo siento, pero por mucho que se pongan en plan amigote no van a conseguir nada. Consagré mi vida a prepararme en cuerpo y mente para estar en este momento, para ser lo que soy y provocar lo que provoco, así que no me voy a ablandar por mucho que me hablen como si fuéramos compañeros de equipo de básquet.

El altavoz dice “Aquí base. Enróllate, colega. Corto”

Lo llevan crudo. No fue fácil superar todas las pruebas necesarias para ser el primer astronauta que se introdujera en un agujero negro. Invertí toda mi juventud en aulas y salas de gimnasio para ser el mejor por dentro y por fuera, el tipo más estable mentalmente y más robusto físicamente. El mejor preparado para cruzar el espacio sideral y desentrañar los misterios del universo y de la propia humanidad. Estudié y entrené más que nadie.

El altavoz dice “Aquí base. Te estás columpiando, soplagaitas. Corto.”

Se les está acabando la paciencia, y ya iba siendo hora. Como decía, me lo trabajé de lo lindo. Impulsé estudios que demostraban la viabilidad de mi propuesta y la presenté al gobierno con una muy cuidada campaña de marketing respaldándola. Y lo conseguí. La misión fue aprobada y fui elegido para capitanear esa expedición sin retorno que yo mismo planee desde la infancia. Meses después me metieron dentro de una rueda de hámster de acero inoxidable y me lanzaron al espacio. El día que partí, me despidieron con un collage humano en el que participaron mil millones de personas y que pude contemplar desde la estratosfera. Un montón de montones de seres humanos sujetaron cartulinas fluorescentes del tamaño de campos de fútbol, igual que las hormigas sujetan una hoja inabarcable para transportarla, y las unieron para que formar la palabra “Suerte”. Para que pudiera leer la palabra “Gracias” desde más allá de la termosfera.  Pobres diablos, se pensaron que me sacrificaba por ellos cuando en realidad me estaba sacrificando por mí. El altavoz vibra ahora tan fuerte que se desplaza dando pequeños saltitos.

El altavoz ruge y dice “Aquí base. Lo prometiste, joder. Corto.” Y añade “Rata”, “Traidor”, “Mamón”, “Te vamos a matar, hijo de la gran puta”. Y finalmente dice “Te encontraremos y te arrancaremos la piel a tiras”. Y luego “Corto, corto, corto, corto”.  Y “Corto.”

Inmediatamente arranco el cable que conecta algo con otro algo y que luego se conecta con la radio o lo que sea este chisme que casi funciona a pedales. Les ha costado, pero por fin lo han asumido y se pondrán en marcha. Y es que han pasado por todas las etapas del duelo. Han intentado razonar conmigo y ser mis amigos, han intentado amenazarme y ofrecerme recompensas, pero por fin lo han aceptado y se van a poner manos a la obra para venir aquí, a la otra punta del universo, a partirme la cara. Mi misión era una misión suicida por muy bien que se la vendiera. Y ellos lo sabían. Ese puñado de gente que consigue sacar dinero de algo que ni siquiera está dentro de su sistema solar no es precisamente estúpida. Cuando les entregué el borrador de mi propuesta no tuvieron que pasar ni de la primera página para entender que les pedía que se gastaran una millonada capaz de sacar de la quiebra a Europa para dejarme empotrar contra un muro espacial. Porque básicamente les pedía eso. Les pedía los medios para ir al espacio y meterme en un agujero (negro) del que no volvería a salir nunca. Les pedía un suicidio tan subvencionado como espectacular. Así que fui al senado a insinuar a los politicuchos de turno que antes de que las comunicaciones se cortaran, cuando ya estuviera rematadamente lejos de todos y todo, diría bien alto y claro cosas como “Oh, dios mío, ¿no es acaso esa la cara del candidato republicano a la presidencia lo que están formando aquellas nebulosas?”.  Les sugerí que llegado el momento podría decir cosas como “Increíble, la lluvia de cometas que iba a destruir el Edén ha sido detenida por una silueta rematadamente parecida a la del candidato conservador”. Y claro, con esas propagandas en el bolsillo sí que aceptaron. Aceptaron financiarme el suicidio, pero se gastaron lo mínimo posible. Hay contenedores oxidados amontonados en el puerto de cualquier ciudad costera más modernos que este chisme en el que estoy metido. Para que me entendáis, ni siquiera llenaron la despensa. Pintaron un montón de tarros de cristal para que parecieran llenos de no sé qué en las fotos que mandaron a la prensa, pero en realidad están vacíos. De hecho, antes de partir una anciana muy bien maquillada me abordó en una rueda de prensa y, con una dicción asombrosamente clara y sin mirarme a los ojos en ningún momento, me dijo  “Y para que no eches de menos la tierra, te regalo veinte tarros de la mermelada más sabrosa del estado; la increíble -introduzca aquí su marca registrada-”. Y luego miró a las cámaras y guiñó un ojo mientras me daba un codazo en las costillas. En fin, que ni mermelada me dieron. Y tras todo ese rollo de los anuncios y el marketing y demás, ya me propulsaron al interior de uno de esos vórtices negruzcos que tantas teorías han generado a lo largo de la historia. Si leías sobre mi misión en los periódicos, se hablaba de que no se había escatimado en gastos para que dispusiera de lo mejor de lo mejor, pero la cruda realidad es que lo que hicieron se pareció más a lanzar una roca con una catapulta medieval que a un lanzamiento aeroespacial. Escucho un repicar constante y espaciado de algo metálico sobre una superficie lisa y pulida. Había olvidado desmontar ese trasto. Ese ruido no es ruido, es código morse. Es un mensaje de la tierra.

Y dice “Aquí base. Dinos por lo menos si lo has conseguido, cabronazo.”

Se refieren a que si he cruzado el agujero negro y he sobrevivido para contarlo. Y si, lo he hecho. Mientras desatornillo el trasto que es mi única vía de comunicación con un ser humano, el tic-tic-tic-tic del morse dice “Aquí base. ¿Has envejecido o rejuvenecido, mamón?”. Se refieren a que si tal y como apuntan algunas teorías en el interior de los agujeros negros está el secreto para viajar en el tiempo. Seguramente también me preguntarán si me he encontrado con unos seres verdes y con tentáculos. Pero se quedarán con las ganas de saberlo.  Lo que hay detrás del agujero, lo que veo y siento, morirá conmigo. Y no es que haya perdido la razón por culpa de la ausencia de gravedad. Tampoco padezco demencia espacial. Sencillamente estoy intentando alcanzar la inmortalidad, y para ello antes tengo que morir, claro. A ver, es que morir fue mi cometido desde que tenía seis años y tuve un periquito. Yo miraba de reojo a ese pajarito encerrado todo el día en una jaula en mi habitación y el corazón se me arrugaba, así que un día lo solté. Abrí la puerta de su jaula y lo azuce con las manos para darle ánimos para volar hacia la libertad que le ofrecía la ventana que conectaba mi habitación con el jardín.  Y la verdad es que el animal fue libre y feliz durante cuatro segundos antes de que el gato del vecino se lo zampara de un bocado. En ese momento entendí que la vida es como una jaula de la que solo puedes escapar gracias al amor y compasión de un benefactor aleatorio. Pero hay que tener en cuenta que, aunque consigas salir de la jaula, te devorará algo grande y peludo y al que el aliento le huele a atún. Y no. Yo no quería eso para mí. Yo no quería salir de la jaula, yo quería que la jaula saliera de mí.

El último tic-tic-tic-tic que escucho antes de desatornillar por completo el chisme este del morse, dice “Aquí base. Esto no quedará así. Te encontraremos cueste lo que cueste. Te arrepentirás”

¿Y cómo conseguiré la inmortalidad por el simple hecho de hacerme el mudo? Pues gracias al odio que mi simple recuerdo generará a partir de ya a todos y cada uno de los habitantes del planeta tierra. El desprecio mantendrá mi alma intacta igual que si la introdujeran en un bote lleno de formol. Ahora mismo soy la persona más importante de la tierra, y todos los ojos y oídos están a la espera de mi reporte espacial. A la espera que les cuente esto y lo otro, lo que veo y lo que siento. Que comparta. Que transmita. Que enseñe. Por eso tanta insistencia en que les hable mientras todavía pueda. Antes de que se agoten las reservas de oxígeno. Y cuando digo reservas de oxigeno me refiero a los inhaladores para el asma que me dieron a modo de sustento vital. Ya he dicho que esta gente no se estiraba ni para mermelada. Y sí, podría pasar a la historia como el tipo que dio respuesta a las grandes incógnitas de la humanidad, y eso estaría muy bien ¿pero cuantas generaciones duraría eso antes de que mi figura quedara reducida a un mero icono pop? ¿A un maldito guiñol? Y si no se lo digan a Einstein, que no conocemos en detalle ni una mísera de las teorías que revolucionaron nuestro mundo, pero llevamos su cara impresa en camisetas ridículas y nos burlamos de él en esas fotos en las que parece una señora mal peinada. No, yo pasaré a la historia como el tipo que pudo dar respuesta a las grandes incógnitas de la humanidad y no le salió de las narices hacerlo. Seré el mayor monstruo jamás parido por el simple hecho de quedarme callado. La gente se inventará insultos para nombrarme a mí y a lo que hice. A lo que no dije. Y es que mi supuesta pataleta espacial transcenderá el tiempo, y cuando alguien meta mi careto sacando la lengua en una camiseta, o hagan un póster con una foto mía disfrazado de rapero, seguiré siendo yo el que se ría desde la otra punta de la galaxia. Y eso ya es una manera de no morir

Las cartulinas plateadas con las que está empapelado el interior del Edén empiezan a descolgarse por culpa del calor que produce la supernova que quizá, y solo quizá, estoy rodeando. Escucho un ruido similar al timbre de uno de esos teléfonos antiguos de rosca que tenían un auricular enorme. A saber dónde estará escondido ese trasto prehistórico. No, señores del pentágono, no se molesten en llamarme y en ponerse de rodillas o amenazarme con ahogar a una camada de gatitos, porque nada de lo que me ofrezcan se acercará a lo que les ofrezco yo. Mi regalo supera en mucho lo que yo les pueda contar.  Mi regalo para ustedes, señores con traje y corbata que representan más o menos los intereses de la humanidad, es una jaula nueva. Una jaula nueva y mucho más grande. Y es que qué son cuatro datos, cuatro respuestas existenciales de pacotilla que quizá colorearían un poco este mundo en blanco y negro que nos ha tocado habitar, al lado de la posibilidad de ser capaces de sentir por fin algo robusto e imperecedero; un sentimiento nuevo que combine la sed venganza con la curiosidad. Consigo encontrar el dichoso teléfono antiguo -y no explicaré cómo es que esto puede funcionar aquí porque ya estaría contando demasiado- tras un montón de cables entrelazados sin ningún propósito aparente. Me llevo el auricular a la oreja y escucho los ecos de una conversación muy lejana. Escucho también pequeños golpes secos y el viento impactando contra el auricular, como si se lo estuvieran pasando precipitadamente de una mano a otra. En segundo plano escucho la voz solemne del presidente en lo que parece ser un discurso institucional. Le escucho presentarme ante la prensa como el hombre que se aprovechó de la ilusión de todos y que luego no compartió todo aquello que descubrió. Usa la  palabra “monstruo” y “demonio” para referirse a mi persona. El presidente dice que las guerras siguen por mi culpa, que la hambruna y el tráfico de  drogas  no se han detenido por culpa de todos los secretos que me he guardado solo para mí. El presidente dice que tengo en mi poder la cura contra el cáncer, pero que me niego a revelarla. Dice que sé los ingredientes y proporciones exactas para fabricar  un tónico que rejuvenece a la vez que te hace crecer el pelo y te alarga el pene. Dice que sé el número de la lotería  y que no me da la gana de compartirlo con la gente pobre. Y ahora se pone solemne e insta a todas las naciones a formar un frente común en contra de mi secretismo. Pide una colaboración sin precedentes para localizar el Éden y patearme el culo. Y esto también es justo lo que quería, mi objetivo secundario. Primero estaba yo, por supuesto, pero luego venían los demás. Con mi silencio despertaré un espíritu colaborativo entre naciones rivales, las cuales aunaran esfuerzos para encontrarme y bailar sobre mi tumba. Despertaré un resentimiento colectivo e internacional que hará avanzar la tecnología en la tierra varias generaciones en pocos años. En menos de lo que se pueda imaginar la gente se estará insultando de punta a punta del universo sin tener que esperarse ni siete segundos para escuchar las réplicas. Y eso no está nada mal; morir y mejorar las cosas para los insensatos que se quedan. Que otros disfruten de lo que a mí no me apetece ni mirar de reojo. El presidente anuncia que se suprimirán tasas e impuestos y se perdonarán deudas como acto de buena fe y de fraternidad ante un mal mayor, un mal mayor que acecha silencioso desde las estrellas. Dice que dedicarán todo el presupuesto militar en desarrollar los avances tecnológicos necesarios para que esta ofensa sea vengada. Por fin. Por fin seré esa gran tragedia muda que hará virar el rumbo de la historia. Esa catástrofe poco ruidosa que hará que la gente se detenga y diga “lo estábamos haciendo realmente mal”. Mi silencio será Chernóbil.  Mi mutismo, Hiroshima. Todos los cultos religiosos dedicarán una par de salmos para alejarme de sus hijos. En navidades, los niños le pedirán a Santa Claus que me provoque un cáncer. Alguien se pone por fin al teléfono y dice dubitativo “¿Hola?”. Y lo dice como si se sorprendiera. Como si le hubiera llamado yo. Y dice “¿Diga?”. Dice “¿Quién llama?”. “¿Esto es a cobro revertido?”.  Y de fondo se escucha a un chiquillo llorar y decir no sé qué sobre un gato. Cuelgo y destrozo el teléfono al instante. Esto es más que genial. Al despreciarlos a todos igual, independientemente de su color, credo o cuenta bancaria, les he metido en el mismo bando. En el de los humillados, engatusados y ofendidos. Los tarros de mermelada de atrezo se deslizan por la repisa y se hacen añicos al precipitarse contra el suelo. No, aquí no hay gravedad, y no me apetece explicar el motivo. Las cartulinas que componen parte del fuselaje del Edén caen como si fueran hojas en otoño que luego transportarán un puñado de hormigas. El tambor de lavadora barnizado en cobalto que es mi nave empieza a rotar y rotar, y me empotro contra las paredes como si me estuvieran centrifugando. La pared está tan caliente que el metal, la ropa y la piel se funde en una misma masa viscosa. Una luz roja y espesa se filtra por las ventanas e inunda el interior del edén. Y ahora ya solo existe la victoria. Yo me salgo de esto de vivir y vosotros os mudáis a una jaula más amplia y con columpios. Aquí ya solo hay ganadores; yo me voy, y vosotros os venís arriba.

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