La lobotomía

Las dobles lecturas pueden ser trampas, cepos, meticulosamente diseñados para atraer y capturar a ciertas presas. Digo que las erratas no son siempre erratas, que los errores a veces tienen segundas y oscuras intenciones. Por eso los anuncios por palabras son tan peligrosos. Por eso hay que andarse con mucho cuidado cuando hojeas un periódico de tirada nacional. Y es que las secciones de clasificados de la prensa escrita son el coto de caza particular de un puñado de depredadores sexuales y de médicos y cirujanos a los que les retiraron la licencia hace mucho tiempo, y que ahora realizan operaciones a precio de saldo. Y los peligrosos son estos últimos, los del ramo de la sanidad clandestina. Los pervertidos por lo menos te dejan claro su objetivo. Con los pervertidos no hay sorpresas. Ojala hubieran trasteado con mi cuerpo inconsciente y desnudo una panda de sinceros pervertidos, así ahora no tendría que estar sujetándote la mano para impedir que salgas por esa puerta. Calma. Retrocede unos metros hasta el recibidor. Aquí. Así. Bien. Decía que ese no fue el caso, los pervertidos se mantuvieron al margen de este asunto. Los que lo jodieron todo fueron los médicos sin licencia que te comentaba. Y es que con los médicos de contrabando nunca puedes estar seguro de lo que van hacer contigo una vez estés bajo los efectos de la anestesia. Admito que yo también tuve parte de culpa por no sospechar, por confiar a pies juntillas en aquel venerable anciano asiático que me recibió a altas horas de la madrugada en la consulta trastienda de su tienda de pedicura. Mirado con perspectiva, está más que claro que un albornoz y unas zapatillas no forman parte del vestuario reglamentario de un cirujano que se dispone a operar. Pero es que el precio era demasiado tentador, y yo necesitaba una lobotomía para ese mismo fin de semana. No hay mucho que explicar; Diciembre. Año nuevo vida nueva, dicen. Pues yo me disponía a hacerlo de verdad. A conseguirlo de una vez por todas. Necesitaba una operación cerebral urgente, y ese anuncio por palabras del periódico me la estaba ofreciendo a un precio que casi era un regalo. No podía negarme, entiéndelo.

No, no te estoy contando una teoría conspiranoica. Esto tiene un sentido y un propósito. Escucha. Un corte de pelo radical te durará un par o tres de semanas. Un cambio de look drástico te aguantará hasta las siguientes rebajas. Estudiar chino mandarín y sacarte el carnet de conducir te mantendrá en un nuevo rumbo hasta que saques tu primer suspenso y te empotres contra tu primera farola. No. Cualquier cambio, cualquier propósito no se perpetuará más allá de la próxima vez que se adelante la hora. Olvídate de eso. Para cambiar de verdad tienes que cambiar por dentro, tienes que convertirte en otra persona. Y no hay mejor manera para ser otra persona que someterte a una peligrosa operación en la que te extirpen un buen pedazo de cerebro. Así que ese fue mi motivo para llamar al doctor Chang nada más ver su anuncio en el periódico. Quería cambiar de una vez y para siempre, quería cambiar de verdad y quería hacerlo por ti, y por eso acepté que me operaran encima de una mesa de billar. No estoy diciendo que esto que me ha pasado sea culpa tuya, pero un poco sí. Tras la intervención, cuando desperté desnudo en mi bañera llena hasta los topes de cubitos de hielo, pensé que habían aprovechado la lobotomía para sacarme varios órganos y venderlos en el mercado negro. Y aun así me seguía pareciendo barata la cosa. Si es que hasta me habían traído a casa y todo. Y lo de los cubitos en la bañera fue todo un detalle, la verdad. Pero no. No me robaron los órganos. Fue peor. No desperté idiota y sin un riñón. No desperté sin poder pronunciar mi nombre. No desperté babeando y ni sin saber contar hasta diez. Desperté peludo como un oso, y con unas ganas obsesivas de utilizar el pie para rascarme la nuca. Tenía tanto pelo alrededor del cuerpo, que creía ir embutido en un albornoz, por lo que no me molesté en vestirme y fui directo a la comisaría para denunciar la estafa de la que había sido víctima. De camino, algo en mi interior me obligó a mear en cada árbol y boca de incendios con la que me topé. Nada más verme entrar por la puerta, un policía que parecía estar esperándome (igual que los chóferes esperan a cierta gente en el aeropuerto) me puso una manta sobre los hombros y me acompañó a una sala anexa. En esa habitación me encontré a otras siete personas sentadas con una manta sobre los hombros. Otras siete personas peludas hasta decir basta. Algunos ladraban y algunos aullaban. Parecían perros grandes disfrazados de persona. Otro policía, este sin uniforme y con una taza de café en las manos, entró en la sala y nos explicó que todos habíamos sido víctimas de un grupo de lunáticos que experimentaban con pardillos. Nos dijeron que no éramos los primeros ni seríamos los últimos. Nos dijeron, agárrate (y aprovecha para sentarte, que estarás más cómoda), que nos habían convertido en hombres lobo. Por lo visto esa gente utilizaba maquinaria moderna y sesiones de acupuntura para combinar el ADN de seres humanos con el de lobos y perros callejeros. Para resumirlo, el policía nos dijo “¿Han visto la película de La Mosca? Pues más o menos lo mismo, pero con incienso de por medio”. Mientras la policía nos tomaba muestras de tejido y nos hacía pruebas -tras las cuales nos daban una golosina y nos rascaban la cabeza- nos dijeron que el tal Dr Chang y sus secuaces se dedicaban a ofrecer lobotomías a precio de ganga para atraer a gente que quiere volverse más idiota de lo que ya es. Y clientes no les faltaban. Y antes de que intentáramos buscar venganza ya nos advirtió que sería una pérdida de tiempo. Como en el anuncio en el que ofertan lobotomías no especifican si se referían a lobo (del griego) de lóbulo, o de lobo del mamífero, estaban judicialmente blindados. Técnicamente ofrecen aquello que contratas, por lo que no puedes ni tan siquiera denunciarles. No puedes ni pedirles una hoja de reclamaciones por publicidad engañosa. Del mismo modo, si al Doctor Chang le apeteciera, podría reventar a martillazos el cerebro a alguien que quisiera convertirse en hombre lobo, y no habría nada que rechistar. Así que esa es la cruda realidad Fui engañado por la etimología, traicionado por un venerable anciano asiático, y desde entonces soy un hombre lobo de cabo a rabo, literalmente.

Supongo que esa cara que estás poniendo es de sorpresa, y no de incredulidad. Pero no te culpes por no haberte dado cuenta hasta ahora. Ten presente que lo disimulé bastante bien. Me sometí a varios meses de terapia y entrenamiento para conseguir refrenar mis instintos lobunos. Me saqué un abono anual para el centro de depilación integral de la esquina, y es por eso que siempre llevo la ingle inmaculada. Créeme que no me fue fácil ponerme un collar eléctrico para reeducarme; para no salir corriendo tras las pelotas con las que juegan los niños en el parque y para no aullar cada vez que escuchaba la sirena de una ambulancia.  Y sí, ese jabón que huele a amoniaco no es para cabellos muy muy grasos, es para mi desparacitación mensual. Supongo que debí confesar esto antes, pero tenía miedo que al descubrirlo decidieras abandonarme y me tacharas de monstruo de circo. Y ahora te lo cuento, no para que me compadezcas, no para que no te lleves la poca ropa que te queda en el armario, sino para que entiendas ciertas cosas. Puedes abandonarme si quieres, pero piensa en esos anuncios de las protectoras de animales que emiten en periodos navideños. Yo no lo haría. Espero que con mi confesión entiendas por qué salir conmigo es como salir con un perro. Que si cuando beso parece que esté masticando, es porque estoy acostumbrado a beber a lenguetazos. Que sí a veces puedo ser un agobio andante y voy siempre pegado a tus faldas, no es tanto por miedo a la soledad como por aquello de que me podría pasar tardes enteras observándote con la cabeza ladeada. Si me pongo nervioso en los sitios con mucha gente, es por las características intrínsecas de mi pedigrí. Ahora ya sabes por qué aunque te firme por adelantado un contrato indefinido que incluyas tareas tales como traerte las zapatillas y calentarte los pies en la cama las noches de invierno, cuando escucho un petardo salgo disparado y me intento esconder debajo las sillas. Y todo es por culpa de la mutación a la que me sometieron esos criminales que la policía jamás encontrará. Por cierto, la denuncia que interpuse se traspapeló, por lo que no pidas que te la enseñe. Y que ni se te cruce por la cabeza que esta es otra de mis historias surrealistas para llamar la atención. No. Esto que te he contado es la pura realidad. Más o menos, pero mucho más que menos. Sí, el cepillo de dientes lo tienes ahí donde lo dejaste. Pero no caigas en el error de creer que he ideado este cuento lleno de tópicos y algo racista para excusar mi manera de ser. No y no.

Trae, deja que te abra la puerta que he cerrado con llave únicamente para nuestra seguridad. Sí, ya casi está. Solo recuerda lo de la maldición esta que tengo encima, que por su culpa, si me rascas detrás de la oreja me convierto en tu sombra. Que si me hablas como si fueras una niña, meneo la cola nada más escucharte subir por las escaleras. Y sí, ahora me aparto para dejarte ir. Escucha un segundo más, solo hasta que llegue el ascensor. Nada de esto quita lo que soy, lo que llevo dentro, y es que cuando escuche un trueno, cuando vislumbre los ecos de una tormenta que se aproxima, agacharé la cabeza y esconderé los genitales entre las piernas. Y me pondré a temblar como si estuviera sufriendo un ataque epiléptico. Es posible que hasta me mee encima. Y ni todos los collares electrificados del mundo cambiarán eso.

Sí, ya está aquí, ya ha llegado, pero es que este ascensor tiene un sistema de seguridad que no permite abrir las puertas hasta unos segundos después de que llegue a puerto. Concédeme una milésima más. Aun así, aunque sea más una bestia que una persona, cuando silbes; para avisarme de que el estruendo se ha disipado o simplemente para jugar, reapareceré de debajo de las mantas y me acercaré con las orejas echadas hacia atrás y mirándote desde muy muy abajo. Y bueno, aprovecho que  vas por el segundo piso (y bajando) y que todavía puedes escucharme sin necesidad de que grite demasiado para decirte que espero que hayan quedado explicadas esas situaciones extrañas en las que me sorprendías revolcándome por el suelo, y masticando zapatillas, y despedazando tus peluches sin motivo aparente.Mira, sé que me escuchas por el interfono. Sé que he sido como un monstruo de película de terror cutre y en blanco y negro pero todo tenía su explicación. Quizá fui un proyecto de hombre que se quedó en lobo, y un proyecto de lobo que se quedó en perro, pero es que toda la maldad de los bajos fondos de la comunidad china se me echó encima. Oye, quizá no sea ni la mitad de un hombre para ti, pero eres la luna llena para mí.

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