Lo reflotable

 

Del mismo modo que todo lo que sube tiende a bajar, que todo lo que flota se hunde, todo lo que ha caído se puede levantar. Digo que las tragedias son bidireccionales. Todo lo que está en el fondo de un abismo, todo lo que se ha precipitado, estrellado, defenestrado e incluso inmolado, puede resurgir. Y no hay mejor manera para reflotar algo que echando mano de un montón de explosivos. De verdad. Tan solo hay que colocar unas cuantas cargas explosivas en sitios estratégicos y aquello que parecía hundido y olvidado para siempre emergerá a la superficie, desafiando así a la gravedad y a las convicciones de unos cuantos bocazas. Y lo digo porque lo sé, porque a eso es a lo que me dedico: al reflote.

Las branquias y las escamas me tenían que servir para algo más que para dar grima. Y menos mal que lo descubrí a tiempo, de lo contrarío todavía estaría en ese pantano, asustando a turistas a cambio cinco billetes la hora. Mi trabajo consistía en permanecer sumergido en el pantano del condado hasta que una barca de turistas lo cruzara, y entonces aparecía de sopetón y empezaba a chapotear y a emitir sonidos guturales. La gente gritaba un poco y reía. El susto ya se lo esperaban, pero aun así pegaban un buen bote al verme salir del agua recubierto de escamas; más parecido a un lagarto que a una persona. Una cosa es lo que han visto en los folletos y otra lo que ven en directo. Pues tras recuperarse del susto, los turistas se hacían fotos conmigo y me decían adiós con la mano cuando su barca se alejaba. Algunos incluso me tiraban al agua los restos de su desayuno. Era la atracción turística por excelencia de aquella zona. Había gente que visitaba el estado tan solo para verme a mí y a esas ruinas de hace miles de años que hay por aquí cerca. No era una mala vida, las hay peores. Mi situación era un poco como la del monstruo del lago Ness, aunque a diferencia suya yo sí cotizaba en la seguridad social y tenía derecho a cobrar el subsidio en caso de que me despidieran. Pero claro, todo hombre que se precie necesita ciertas responsabilidades, ciertas ambiciones, para sentirse realizado, y los hombres con aletas no somos una excepción. Así que no dudé en acudir a la oficina de empleo en busca de un trabajo mejor y más respetado. Me llamaron a las pocas semanas. Por lo visto, buscaban buceadores experimentados para recuperar no sé qué pertenencias de un barco muy grande y muy robusto y muy famoso que se había hundido hacía poco. Por lo visito, les había llamado la atención eso que leyeron en mi currículum, eso de que podía respirar bajo el agua. La paga era buena y lo que me proponían era capitanear una expedición submarina, por lo que acepté el trabajo sin pensármelo demasiado. Y fue rematadamente fácil. No solo conseguí lo que querían; las cuatro joyas que me habían pedido, sino que además me dio tiempo de echar una partidita de billar ahí abajo, en la sala de juegos de ese barco descomunal. Recorrí todos los pisos de ese barco gigantesco, hundido por culpa de un agujero en el casco. Registré todos y cada uno de los camarotes. No sé muy bien porqué me pasé tanto tiempo ahí abajo, entre amebas y peces espada. Supongo que quería encontrar algo de valor. El trabajo me reportó un buen cheque, y una fama desproporcionada de manera casi inmediata. De repente, gente con corbata venía a verme para ofrecerme trabajo. Que si recuperar tesoros de bodegas de navíos piratas hundidos, que si conseguir pruebas de que ese continente sobre el que teorizaban realmente existió, y un largo y lucrativo etcétera. Tenía hasta lista de espera para aceptar encargos. El dinero me salía por las escamas, pero mi espalda empezó a resentirse de tanto traqueteo, de tanto arriba y abajo, cargado con cofres y vasijas de civilizaciones perdidas. La solución se me reveló en los días siguientes, y por pura casualidad. Unos tipos con pinta de gánster me contrataron para deshacerme de unas obras de arte que transportaba un barco que había naufragado. El tipo que me contrató era un coleccionista de esos de “o para mí o para nadie” así que me ordenó hacer estallar el cargamento. Como la espalda me estaba matando, ni siquiera me ofrecí a llevarle los cuadros que quisiera. Así que lo hice. Me sumergí y llené la bodega de ese barco con varias toneladas  de explosivos. Quizá puse más explosivos de los que debía. Quizá se me fue la aleta. Y boom. El barco salió disparado hacia la superficie como un cohete. Y yo me quedé maravillado y algo más. El barco que había pretendido reventar volvió a surcar los mares, intacto, como si nunca se hubiera hundido. Revivió. Fue como si cayera por una catarata puesta del revés. Naturalmente, volvió a hundirse a las pocas horas, pero a los guardacostas le dio tiempo de rescatar el cargamento, de llevarse las obras de arte a un museo. La noticia apareció en los periódicos. Duró poco, pero por un momento aquel pedazo de madera reblandecida fue más de lo jamás había sido. Y yo, como he dicho, me quedé maravillado y algo más. Me dio completamente igual perder todo el prestigio que había ganado entre los clientes más adinerados. Me dio completamente igual pasar a estar amenazado de muerte por la mafia rusa.

Lo que hice después fue infiltrarme en las bases navales del ejército y robar suficientes explosivos como para convertir el océano en un jacuzzi. Y lo que hago ahora, cada día, es pasear por el fondo del mar y reflotar todo lo que me encuentro. Coloco una carga explosiva en la base de lo que quiero sacar a la superficie y presiono el detonador, y la onda expansiva hace el resto. Refloto barcos, ruinas, cadáveres con los pies metidos en un bloque de cemento, tesoros, basura, bidones de sustancias corrosivas. Todo. Todo para arriba. Y aunque ahora esté en búsqueda y captura y me acusen de terrorismo medioambiental, lo que hago tiene más de actividad altruista que de crimen contra la humanidad. Vale, que quizá estoy contaminando un pelín, y matando alguna que otra ballena jorobada, pero reflotar no dejar de ser un recordatorio necesario. Un recordatorio de que las cosas que se hunden no desaparecen. Que no veas algo no quiere decir que ahora mismo no esté atrapado en un camarote lujoso, luchando por sobrevivir, a dos mil metros bajo el mar. Recuerda que ahí donde la oscuridad es tan espesa que la luz ni siquiera intenta penetrar, están los ecos de aquello que una vez se creyó eterno y que se inauguró con champán.  En el fondo del fondo hay un millar de esqueletos de tipos que no pretendieron ahogarse. Y es justo que se les recuerde, por lo menos durante un rato. Y por eso les pongo una bomba en el culo y les hago salir disparados hacia la superficie.

En fin. Que lo que hago no tiene demasiado misterio. Esto no se diferencia en nada a llamar a alguien tan solo para que tu nombre vuelva a aparecer en la lista de últimas llamadas de su teléfono. Para encabezar, aunque sea de manera burda y torticera, el ranking de allegados de alguien que ya no te quiere ver ni en pintura. Y antes de que nadie me acuse de aprovechar rencores personales para ir de aquí por allá cargado de explosivos, haciendo resurgir historias hundidas y finiquitadas, diré que esto no tiene nada que ver con aquella turista que una vez cayó de su barca mientras cruzaba el pantano. No, no estoy proyectando mis frustraciones en una labor supuestamente desinteresada en pos del reconocimiento histórico. Mi reciente afición a las explosiones submarinas no tiene relación alguna con aquella chica que rescaté casi por accidente y que, cuando se calmó y entendió que no pretendía devorarla, me dijo que ojalá todos los monstruos fueran como yo. Que tampoco era tan tan feo, pero que debía solucionar lo del mal aliento antes de pretender besarla. Que le encantaría quedarse a vivir en el pantano conmigo, pero que tenía un billete de primera clase para irse de crucero en un barco muy grande y muy robusto y muy famoso.

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