Lo altruista

Lo bueno de esto de que nadie se fíe de nadie es que me estoy ahorrando una auténtica fortuna. Supongo que has oído hablar de la gente como yo, de los millonarios excéntricos. Ya sabes, esos tipos que se compran un bloque de edificios tan solo para derruirlo. Esos que pescan ballenas jorobadas disparando torpedos desde su submarino privado. Sí, esos que alquilan un helicóptero para ir a comprar el pan a la otra punta del mundo, y los mismo que contratan a ese grupo de pop tan importante para que actúen desnudos en la fiesta de cumpleaños de su perro faldero. Bueno, pues yo soy uno de esos tipos, uno de esos a los que el dinero a veces les hace pasarse de la raya. Y es que cuando decidí construir el primer parque acuático que rodeara una central eléctrica, no pensé demasiado en las consecuencias que acarrearía cualquier chapuzón un poco descontrolado. Según la autoridad penal, por mi culpa y por mis caprichos, las mil doscientas personas que visitaron el parque el día de su inauguración murieron electrocutados simultáneamente. Y lo que es peor, la mitad del continente se quedó sin luz durante casi media hora.

Después de que saltaran los plomos vinieron unos tipos trajeados enviados por el gobierno, y estuvieron un rato estrechándose la mano  y dándose abrazos con unos tipos trajeados enviados por mí; cosas de abogados. Fueron unas negociaciones muy tensas de veinte minutos en las que solo se dejó de hablar para tomar un aperitivo y echar una partidita de golf. Pero finalmente llegaron a un acuerdo. El juez que me dictó sentencia por videoconferencia me impuso un castigo ejemplar. Una de esas condenas tan disparatadas que parecen el argumento de una de las últimas películas de Jim Carrey. La sentencia era tan demencial que parecía enmascarar una bonita e inspiradora moraleja. Pero no. Simplemente era la sentencia que dictaba el manual de sentencias, la sentencia que se aplica a todos los millonarios a los que sus excentricidades se les van de las manos. La misma sentencia que se lleva aplicando desde hace siglos a todo aquel con demasiados ceros en la cuenta corriente. Te lo cuento por si algún día te conviertes en millonario y los billetes se te suben a la cabeza. Porque ocurrirá, créeme. Al principio te contentaras con comprar coches y barcos, pero no tardarás ni dos semanas que ya estarás inventándote deportes e intentando que se reconozcan como modalidad olímpica. Solo para que te ahorres tiempo; unir el ciclismo con la esgrima ya se ha intentado. Bueno, pues si algún día consigues amasar una buena fortuna y te cargas a mil y pico personas sin querer, te condenaran a lo que te voy a contar. Te lo digo para que sepas lo que se te puede venir encima, y para que te puedas sortear el castigo sin perder un centavo. La condena consiste en regalar, en ofrecer, tu fortuna a completos desconocidos. Debes ofertar todo tu capital a unos cuantos fulanos cada día, y dejarles a ellos la oportunidad de aceptar o no tu proposición (aparentemente) altruista. Y no se trata de dar ayudas económicas a grupos necesitados, ni de entregar sacos llenos de billetes a mendigos, ojalá fuera algo de eso. Debes ofrecer tus bienes y riquezas a gente aleatoria seleccionada por un complejo algoritmo inventado por el gobierno.

La gran suerte de todo esto, como ya he dicho, es que nadie se cree un carajo. La inmensa mayoría de tipos con los que contacto ni me contestan los centenares de cartas y correos electrónicos que estoy obligado a enviar cada día. Las pocas respuestas que obtengo a mis comunicaciones, suelen ser insultos y/o proposiciones indecentes. Y repito que es una gran suerte que la gente sea tan desconfiada, porque si alguien accediera, si alguien me respondiera diciendo que quiere aceptar lo que le ofrezco, estaría legalmente obligado a donarle toda mi fortuna. Así que me paso el día enviando un montón de correos con asuntos del tipo “Gran oportunidad Mundial, solo para tú” o “Ha sido premiado para recibir una premio enorme” o “fEliCidades. Usdted ganador ya”. Y en cuerpo del mensaje les explico que han sido seleccionados entre doce mil millones de personas para recibir un talón enorme a cambio de ingresar una módica cantidad en la cuenta que les detallo a continuación. Les ofrezco, totalmente gratis, el equivalente a la carga de tres camiones en Viagra de primera calidad, y lo hago remarcando  y subrayando palabras sin ton ni son. A veces me pongo solemne para decirles que un pariente muy lejano ha fallecido y les ha nombrado su único heredero. Y entonces les digo que les acompaño en el sentimiento en un color estridente. Y luego ya les pido su tarjeta de crédito para cubrir los gastos de la notaría. En ocasiones, les vendo mi flota de vehículos deportivos de alta gama; que incluye también mis yates y jets privados, por tan solo doce dracmas (₯), los cuales deben enviarme por correo certificado junto a las escrituras originales de su casa. Y lo remato todo firmando como:


Steve Stonilzkiv

Firmando como:


Principe Nikitomi Marhanhandieu

Firmando como:


Dr. Mathew Walter Jr

Firmando como:


John Smith

En ocasiones especiales, para darle un aire todavía más institucional a la comunicación, adjunto obras pictóricas (a modo de sello) realizadas con el poder de la mente y el teclado de un ordenador. Obras como la que adjunto a continuación, y que solo pueden interpretarse como un símbolo de seriedad y legalidad, y que no admiten ni generan ninguna duda sobre la veracidad de mis intenciones.

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Y nada, a no ser que a la gente le de un repentino ataque de credulidad, en dos días terminaré mi condena. En dos días seré libre para volver a gastarme el dineral que poseo en paridas (que atenten contra la salud pública) tales como exposiciones de arte contemporáneo y piro musicales. Volveré a ser excéntrico y peligroso hasta que la justicia me lo impida (más o menos) durante una temporada.

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