El desequilibrio

Le prometí a mi mujer que la amaría en el equilibrio y el desequilibrio, en los saltos mortales a treinta metros de altura y en los intercambios de trapecio sin red de seguridad. Y el hecho de que la hayan secuestrado no me parece motivo suficiente para romper mis votos. A ver, tampoco es que fuera mi mujer, era la contorsionista del circo. Y tampoco es que la hayan secuestrado, más bien le ha tocado el turno de casarse con ella a otro patán.

Y es que en el circo teníamos diseñada una pequeña ficción para unir las diferentes actuaciones. Un cuento lineal y bastante desdibujado que servía de hilo conductor entre los distintos espectáculos. Entre una actuación y otra se iba desarrollando una subtrama rancia como pocas; se suponía que un villano (elegido por sorteo entre todos los empleados) secuestraba a la mujer de uno de los artistas, y que este debía usar sus habilidades únicas e intrínsecas para conseguir rescatarla en el número final. Si secuestraban a la mujer del hombre forzudo, este tenía que levantar una cría de elefante sobre sus hombros para que el villano huyera despavorido. Si secuestraban a la mujer del hombre bala, este debía dispararse contra un muro para que el villano huyera despavorido. Y así. La mecánica del asunto no es que fuera muy compleja que digamos. Todo había sido idea del director del circo, que había estudiado cine en sus años mozos, y creía de vital importancia meter un matiz trágico a todo aunque fuera con calzador. El caso es que con el secuestro de mentirijilla los artistas tenían una excusa para hacer lo mismo que hacían siempre, pero impregnando  su número con un halo de heroicidad y romanticismo que les hacía parecer mucho más nobles de lo que realmente eran. De monstruos de feria pasaban a ser monstruos de feria enamorados, por lo que la gente les aplaudía entre un cinco y un siete por ciento más de lo habitual. Estaba comprobado y medido. Bueno, pues cada semana le tocaba a un artista distinto contraer matrimonio de pega con la chica más guapa de la carpa, que no era otra que la contorsionista. Yo esperaba mi turno mientras veía como ella abrazaba a auténticos engendros y les llamaba “mi héroe”. Hasta les besaba en la mejilla. Y lo peor es que les quería (en la ficción) simplemente por hacer lo que hacían cada día; les premiaba por ser normales dentro de su anormalidad. No es que estuviera secretamente enamorado de la chica desde hacía demasiado tiempo, que también. No es que sintiera envidia de esa panda de tipejos que a veces no se contentaban con fingir manosearla de cintura para arriba, que también. Era que estaba enamorado de la chica y sentía envidia y que, por lo mismo que uno cree que no enfermará de gravedad ni morirá jamás, me creía capaz de rescatarla de su falso secuestro mucho mejor que cualquier otro. Y al final me tocó. Al final le tocó al equilibrista fingir un matrimonio con la contorsionista. El problema, que sin duda tenía que haber visto venir, es que iba a ser incapaz de salvarla. Para rescatarla tendría que hacer mi trabajo, tendría que hacer equilibrios, y eso me resultaba imposible. Lo que ocurría es que sufría (y sufro) de vértigo. Sé que suena un poco raro. Un equilibrista con vértigo es como si un submarinista sufriera hidrofobia. Como si un minero padeciera claustrofobia. La verdad es que conseguí el trabajo gracias a mi labia, pero hasta ese día no me había subido a nada más alto que un taburete. Hasta entonces había conseguido escaquearme de todas mis actuaciones. Me decían que me tocaba salir al escenario y fingía una rampa en la pierna, o un cólico nefrítico repentino. De un modo u otro conseguía eludir aquello que se me exigía por contrato, y llevaba haciéndolo durante tanto tiempo que casi me había olvidado de mis problemas con las alturas. Pero estaba tan embelesado con la simple de idea de acercarme a la contorsionista, ya ni digo de casarme con ella, que olvidé prepararme una excusa. Así que de repente me vi ahí, casado y con la carpa a rebosar de público, subido encima de un poste muy alto. Al otro lado del escenario, en otro poste muy alto, estaba mi amada haciendo aspavientos y pidiendo auxilio mientras proyectaba su voz hacia las gradas y se ponía los pies alrededor de la cabeza. Y lo único que tenía que hacer para alcanzarla era cruzar un cable flotante poniendo un pie detrás de otro. Ni siquiera había aros de fuego ni obstáculos. Lo único que necesitaba era hacer aquello que cualquier equilibrista por malo que fuera podría hacer con los ojos vendados y con veinte sillas cargadas a los extremos de una pértiga. Pero no pude. Claro que no pude. Me asusté encima y retrocedí antes de avanzar. Luego me quedé abrazado al poste hasta que la mujer barbuda vino a socorrerme y a decirme que estaba hecho toda una nenaza. Iban a despedirme, pero no sé muy bien cómo conseguí que en lugar de eso me dieran unas buenas vacaciones. Le dije al director que cuando regresara lo haría mejor que nunca. Y me creyó.

Así que, en lugar de irme de vacaciones, me enrolé en un circo minimalista. Para aprender. Para mejorar desde lo más bajo que te puedas imaginar. Paso a paso. Equilibrio a equilibrio. He dicho circo minimalista, pero en realidad se parece más a un centro de rehabilitación que a un circo. El propósito de este sitio no es tanto el de impresionar al público como que los pseudo-artistas que actúan en él recuperen la confianza perdida. Para que me entiendas; la lona que conforma la carpa es una sábana de cama de matrimonio. Aquí los domadores de fieras se enfrentan a camadas de gatitos de tres meses a los que les han limado las uñas. Los lanzadores de cuchillos se lanzan globos llenos de helio y, cuando ya están envalentonados, agua. Los forzudos levantan listines telefónicos. Por mi parte, ahora mismo ya cruzo sin problemas un cable colgado entre dos postes a una altura aproximada de medio metro. Y como la seguridad siempre es lo primero, el suelo está enmoquetado y repleto de cojines. Semana tras semana aumento un par de centímetros la altura del cable, y seguiré así hasta alcanzar el techo o hasta que el techo me alcance a mí. Seguiré hasta que sobrepase la barrera imaginaria que separa lo ridículo de lo épico. Pero cuando sea lo que finjo ser, cuando me esculpa a base cabriolas y saltos mortales suspendido en el aire, podré regresar con la cara bien alta y maquillada, y rescatar por fin a mi mujer ficticia (cuando me toque el turno, claro). Y cuando llegue el momento de la verdad le demostraré a esa chica fantástica que no sabe ni como me llamo que he entrenado y mejorado tan solo para rescatarla con la calidad que se merece. Cuando finalmente la tenga entre mis brazos le diré al oído que he superado mis miedos tan solo para poder decirle que he superado mis miedos. Que he dejado atrás mis temores más capitales y mis ansias de escaqueo para que me quiera -aunque sea de mentira y solo durante un rato- por ser normal dentro de mi anormalidad.

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