Lo imantado

Todo tiene su porqué, incluso esto. Incluso esto de hacerte jurar por escrito que nunca iremos a esquiar. Incluso esto de negarme a acercarme a menos de quince metros de un frigorífico. Sí. Incluso esto que te conté que me había pasado los últimos tres meses metido en una sauna.

Reconozco que al principio creí que era casualidad. Hablo de eso de que nunca estemos del todo juntos ni del todo separados. Hablo de la distancia permanente y preestablecida que nos acompaña a lo largo de los años. El casi rechazo y el por poco afecto. Piénsalo; es como si tú me hubieras interpuesto una orden de alejamiento y yo hubiera hecho lo propio con una orden de proximidad, y que algún juez macabro (y a punto de jubilarse) las hubiera aceptado ambas con el único fin de divertirse un rato. El resultado es que no me puedo alejar más de tantos metros de tu persona, ni acercarme más de otros tantos. Pero lo que yo creía metafórico resulta que es literal. No bromeo. He estado investigando. Haciendo experimentos. Mediciones y ecuaciones en una pizarra. He asistido a conferencias y me he leído unos cuantos libros del tamaño de una mesa de billar. Libros que pesan más que un televisor antiguo y que no tienen ni una mísera ilustración. Y tras mucho ensayo y error puedo afirmar que lo que nos pasa no es que seamos algo idiotas, no es que esté encaprichado, sino que estamos imantados. Sí, sí. Eso es. Tan simple y complicado como eso. Es la atracción de los cuerpos lo que nos está jodiendo el día, no la personalidad, no la dependencia o las inseguridades vespertinas, sino los principios de algo llamado repulsión de cargas magnéticas. Según mis cálculos anotados en una servilleta, si nos alejáramos tomando direcciones opuestas llegaría un momento en el que toparíamos con una pared invisible. Un muro imperceptible al ojo humano, y que estaría formado por aire y resquemor. Si persistiéramos en nuestro empeño de traspasar el límite del campo de atracción, una fuerza tan desconocida como magnética nos haría retroceder y nos arrastraría por el suelo de vuelta al punto de partida. Del mismo modo, si intentáramos embestirnos con la cornamenta (en el supuesto que fuéramos dos alces en celo luchando para marcar su territorio), nos separarían unos centímetros de vacío que no podríamos salvar por muchos embistes que realizáramos. Por eso jamás nos hemos dado dos besos en la mejilla o nos hemos estrechado la mano para saludarnos. Por eso cuando extiendo mi mano giras la cara. Por eso cuando giras la cara extiendo mi mano. Una cosa obliga a la otra. Y es que la fuerza de un campo magnético depende de la masa del cuerpo imantado, por lo que al tener los dos prácticamente la misma masa estamos siempre empatados en el pulso de la repulsión contra la atracción. También es por eso que las veces que gano o pierdo unos kilos te atraigo más o menos. Todo tiene más o menos sentido si se lo quieres encontrar.

Los polos opuestos se atraen, y los polos iguales se repelen. Al final tanto leer en diagonal para extrapolar teorías y conclusiones partidistas, tanto libro hercúleo, tanto examen tipo test y conferencia de tres horas sin descanso para ir al baño, para que la respuesta estuviera en los dibujos animados que emiten por la tele los fines de semana por la mañana. Y es que la explicación a lo que (me) ocurre es tan simple que (me) asusta; yo soy tú opuesto, y tú eres mi igual. Te provoco rechazo con la misma intensidad que me provocas atracción, y eso nos destierra a  una línea divisoria que no podemos sobrepasar ni dejar atrás. Pero calma y sosiego, que he desentrañado la manera de resolverlo todo. Sí, tengo una respuesta casi inventada a la ecuación imaginaria. La imantación es reversible. Se puede destruir el magnetismo de un cuerpo, y refundarlo. El truco está en la temperatura. Por ejemplo, si aplicamos suficiente calor a un cuerpo podremos reventar su magnetismo, desmoronarlo. Y si aplicamos suficientemente frío, hacer que lo recupere. Mi polarización hace que te alejes y la tuya que me acerque. Es como un defecto genético que llevamos encima: como tener los pies planos o ser zurdo y/o pelirrojo. Pero lo nuestro se puede corregir. Lo descubrí viendo documentales en pijama mientras comía de lata los sábados por la noche. Solo hace falta que anule mi magnetismo para echar abajo las paredes de la cárcel que nos mantiene presos el uno del otro. Al desactivar mi campo magnético nada nos impedirá alejarnos sin límite, ni acercarnos. Es una apuesta arriesgada pero necesaria.  Y aunque yo no tenga una voz y un perfil tan varonil  y mis sentencias no vengan acompasadas con una banda sonora de Hans Zimmer, esto sigue siendo tan insensato, estúpido e imposible como, repito, necesario. Ya he dicho que el truco está en la temperatura. En el frío y el calor. Lo que hace sudar y temblar, igual que lo que no sirve para nada, igual que lo que no se pueda pagar a plazos, suele ser de verdad. Así que me puse a sudar a gran escala. Busqué trabajo en una fundición. Alquilé un almacén de estufas y lo convertí en mi estudio. Me hice deportista de élite en lo que a resistencia dentro de saunas se refiere. Y tras perder cincuenta y cuatro kilos y las huellas dactilares estoy convencido que ya me he calentado suficiente como para que mi magnetismo se haya derretido. Ahora somos libres. Ahora mismo podríamos alejarnos  o acercarnos el uno del otro sin limitaciones ni muros invisibles.

Pero el plan no estaría completo si no lo aprovechara a mi favor, si no sacara de él un beneficio tácito. Y es que si puedo manipular una fuerza de la naturaleza para atraerte irremediablemente, lo haré. Soy así de rastrero y no me avergüenzo por ello. Así que ahora toca la segunda parte del plan, que es la última y la más interesante. Recuerda que empezamos ambos imantados pero con polaridades subnormales. Ahora tú estás encendida y yo apagado. Tu campo magnético no influye en mi cuerpo y pasa de largo como un tren bala en las paradas de la periferia. Pero eso no es lo que quiero, claro que no. El problema es que si me vuelvo a imantar ahora estaríamos como antes. Y cuando me enfríe pasará. Si el calor, las brasas y los sofocos, hacen que un cuerpo pierda su magnetismo seguro que no te sorprende saber que el frío, la escarcha y los temblores, hacen que lo recupere. Cuando pierda temperatura la cosa volverá a estar bien pero que bien jodida.  Lo que tengo que hacer es cambiar mi polaridad antes de que me enfríe, y así me pegaré a ti con el pegamento de la ciencia. Se supone que la única manera de invertir una polaridad es dándole una vuelta de ciento ochenta grados al imán en cuestión. Eso no me sirve. Eso me dejaría de espaldas a ti. Así que he encontrado (me he inventado) otra manera. Me calentaré tanto, pero tanto tanto, que le daré la vuelta al marcador. Será como cruzar la meta yendo en dirección contraria, como escalar hacia abajo. Pasaré de negativo a positivo tirando de incendios. Apagaré el fuego con lava.

Así que no te sorprendas cuando le pida al camarero del chiringuito una sopa ardiendo en pleno agosto, cuando te inste a encender la calefacción hasta que se funda el termostato, cuando te asegure que he leído un artículo que dice que ducharse con agua en estado de ebullición es bueno para el cutis. El objetivo de todo ello no será tanto poder seguir adosando mi barbilla encima de tu hombro como encauzar y reeducar a estas leyes universales tan mal paridas.

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