La caída innata

Básicamente es porque tienen el centro de gravedad rematadamente bajo. Por eso y porque no tienen clavícula fija,  y porque son unos cabrones tan vagos como acrobáticos. Hablo de los gatos y de su extraordinaria capacidad para caer (casi) siempre de pie. Lo hacen de manera inconsciente. Algo en su interior, algo viscoso que tienen alojado en el oído, se activa cuando se encuentran suspendidos en el aire y les redistribuye el peso de tal manera que les estabiliza y les hace aterrizar con seguridad y elegancia. Pues yo al revés. Yo tengo la extraordinaria capacidad de caer siempre de morros. Es como un super poder deficiente, una super putada.

Digo que tengo una facilidad innata, un don mal, para caer siempre de cara. Y no hablo de caídas vertiginosas desde alturas de infarto. Bueno, por supuesto que si caigo desde un quinto piso lo haré como un misil; con la cabeza por delante, pero eso todavía no ha ocurrido. Lo que sí que ocurre a menudo es que me doy un guarrazo en toda la jeta tanto si me tropiezo por la calle como si pierdo ligeramente el equilibrio por culpa de un vendaval. Me parto la ceja y me rompo el tabique nasal tanto si me caigo de una silla como si salto desde un trampolín en una piscina. Y solo para apuntalarlo, que sepas que el agua te puede desfigurar el rostro con la misma amabilidad que el hormigón. Lo que ocurre es que desde que sufrí una otitis de pequeño es como si tuviera la cara imantada y, cada vez que mi centro de gravedad se altera lo más mínimo, una fuerza sobrenatural obliga a mi entrecejo a reunirse con el suelo. Si resbalo y todo parece indicar que caeré de culo, o que lograré reconducir mi trayectoria a tiempo y volver a erguirme, algo interviene -una energía oscura e intangible- y me obliga a pegar un brinco y dar varios tirabuzones en el aire para terminar besando el asfalto. Y ocurre lo mismo cuando me empujan sin querer, o cuando me zarandean suavemente. Hasta cuando me dan una palmadita en la espalda. Si una anciana con andador me roza en un cruce de semáforos, si un crío en pañales me tira del pantalón para llamar mi atención, yo doy un bote desmedido, hago un par de piruetas en el aire, y termino con el pómulo fracturado tras caer en punta como un ave de presa. Yo, al contrario que los gatos, dispongo de un piloto automático masoquista que ante la menor duda de caída se asegura que esta se produzca. O la hostia o la nada. El cabrón que toma los mandos de mi cuerpo cuando mi centro de gravedad se tambalea recolecta mis dientes como si fueran cabelleras. Trofeos. Casi parece que intente abrirme la cabeza a leñazos para sacar de su interior algún tipo de chaleco salvavidas. Pero no todo es tan dramático. Tras varios meses de hacerme pruebas y análisis de sangre, orina y mierda, el estado aceptó lo mío (sea lo que sea) como una enfermedad de esas raras que padece uno de cada mil millones de habitantes. Así que me dieron un suculento cheque mensual y barra libre de cirugía plástica para reconstruir los rasgos que el suelo y la gravedad se empeñan en borrar. No digo que no duela desfigurarse la cara tres veces por semana, y que no me inquiete la certeza de saber que si me subo a un taburete acabaré con el cráneo abierto, pero todo es acostumbrarse. Acostumbrarse y llevar un casco siempre encima, claro.

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