Atlantis

Las grúas llevan varias semanas funcionando sin detenerse ni un instante. Sus engranajes chirrían. Sus cuadros de mando vibran como una lavadora en un centrifugado. Están rodeadas por un humo más negro que la noche, y de lejos parecen chimeneas que se mueven y transportan bloques enormes de piedra con forma de vivienda unifamiliar. Pero aguantarán. Aguantarán porque los mejores mecánicos de la tierra las reparan a tiempo real. Es la unidad de curas intensivas de lo mecánico. Y las mantendrán vivas a golpe de tuerca hasta que terminen con su cometido. Son como caballos de acero que deben cruzar la meta a tiempo, y a los que se les debe exprimir hasta que se desplomen echando espuma por la boca. El podio es prioritario. Las grúas llevan varias semanas de trabajo, y las que les quedan. Las brigadas de limpieza, formadas por voluntarios llegados de todas las esquinas de la tierra, destinarán los próximos meses en erradicar las algas que infestan las calles. Los bomberos  drenarán los lagos, embalses y piscinas naturales que se han formado en los garajes y en el sistema de alcantarillado. Se han destinado varios miles de millones del presupuesto de sanidad  para comprar suficientes bayetas para que todo quede completamente seco. Cuando los funcionarios terminen, la única agua que podrá encontrarse en esta ciudad será embotellada. El ejército de las naciones unidas se encargará personalmente de derribar los arrecifes de coral que se han adueñado de los rascacielos. Los demolerán con dinamita y con bombardeos sincronizados por satélite. Cuando todo esté más o menos limpio y seco, se empezará a conrear a gran escala. Ahí dónde ahora hay musgo y plancton aparecerá tierra abonada. Cosechas. El vegetarianismo se impondrá por decreto ley entre la ciudadanía, y no por respeto a los animales, no por decencia ni sentido común, sino simplemente para no volver a ver un pez en mucho tiempo. Sí, en los carnavales quedarán vetados los disfraces de sirena. Eliminamos todo rastro que el fondo del mar haya podido dejar para hundir así los restos de aquello que nos mantuvo hundidos. Y todo este esfuerzo grotesco y anormal se realiza tan solo para eliminar cualquier rastro de océano, cualquier asomo de hundimiento, de la maltrecha Atlantis.

La Atlántida, ya sabéis. Estaba ahí un día y al siguiente no. Se fue sin despedirse. Se supone que la culpa fue de un maremoto, una catástrofe natural que se la tragó y se la llevó muy al fondo del océano. También se dice que la hundieron los Dioses para castigarnos por vete a saber qué. Poseidón y su tridente desproporcionado se molestaron por algo, y se llevaron la Atlántida por delante en un ataque de furia, como aquel que le pega un puñetazo a la pared cuando está borracho. Bueno, todo era una leyenda. Todo era un “me da absolutamente igual” para la mayor parte de la población. Pero un día la encontraron por accidente. La Atlántida, digo. Un barco pesquero varó en alta mar, ahí donde supuestamente no había nada más que agua y sal. Toparon con la punta del tridente de una estatua de Poseidón. Una estatua que presidía el templo principal de la ciudad perdida. Vinieron buzos y submarinos y mucha prensa y, un tiempo y un puñado de dinero y de atención mediática después, la pescaron; a la ciudad entera. Todo estaba bien, la comunidad científica sacaba pecho delante del mundo por su hito raro (y posiblemente innecesario) y el lugar se convirtió en la atracción turística del año. La humanidad consiguió dinero y dignidad a partes iguales. Pero pasados unos meses se fue. Otra vez. La ciudad estaba ahí cuando nos acostamos y no estaba cuando nos despertamos. Se había vuelto a hundir por arte de magia. Había ocurrido otra vez. No había explicación aparente, por lo que, como ya sabíamos dónde estaba, la volvimos a rescatar. Usamos grúas para pescar hasta la última casa. Y pasados unos meses volvió a ocurrir. Y la sacamos de nuevo. Y desapareció otra vez. Y otra vez. Y otra vez. La reflotábamos y se volvía a hundir. Como la humanidad no entendía lo que ocurría, nos lo tomamos como una ofensa. Así que elegimos la teoría más disparatada de todas, la del dios Poseidón encabronado que hundía la ciudad solo para humillarnos. Y decidimos devolvérsela. Aceptamos el reto ficticio. Llegó un momento en el que la humanidad consensuó, mediante un tratado internacional, reflotar la Atlántida tantas veces como fuera necesario. Aunque con ello nos arruináramos y/o extinguiéramos. Resistir es una manera de no perder. Así que cada vez que volvemos a pescar la ciudad la limpiamos, la adecentamos, y hacemos como si nada hubiera pasado y el asunto no nos importara demasiado. Luego algo o alguien la lanza a las profundidades marinas, y vuelta a empezar. Y seguiremos igual hasta que deje de hundirse. Hasta que dejen de arrebatárnosla. Y lo mejor y lo peor es que la gente se muda a vivir ahí en masa, hay cola de espera para los próximos siete hundimientos y respectivos reflotes. Todas las casas tienen humedades, todas las calles huelen a moho, pero la población considera Atlantis como un hotel de lujo. Un resort para el orgullo herido. La gente lo deja todo y se muda ahí con sus familias sabiendo que un día desaparecerán y que sus cuerpos hinchados y reblandecidos terminarán flotando boca abajo en algún puerto. Y viven ahí durante unos meses felices hasta la extenuación. Pasean henchidos de orgullo delante de la estatua de Poseidón, y la limpian y la pulen y la abrillantan mientras le susurran cosas como: “Ahogarse no es lo mismo que rendirse”. Pasan por su lado y fingen agacharse para atarse los zapatos y le dicen cosas como: “No puedes hundir aquello que te hunde a ti”.

Y no sabemos si es casualidad (porque en realidad no sabemos nada de este asunto) pero los sabelotodo del gobierno han hecho gráficas, y afirman que el hundimiento se está retrasando una media de siete días tras cada nuevo reflote. Hay quienes dicen que Poseidón está entendiendo que cuanto antes nos hunda antes resurgiremos. Está asimilando que no estamos para mamonadas. Y si esto es una guerra de desgaste la acabaremos ganando por goleada. Hay quienes dicen que estamos venciendo por pesados. Y eso está medio bien. Es grandioso pensar que puedes ganar un combate inventado, aunque solo sea por el abandono de un contrincante imaginario.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s