La frecuencia

La chica me abofetea y luego me suelta un empujón que casi casi es un placaje, haciéndome caer de culo justo encima de un charco de meados y restos de cerveza. No creo que un callejón detrás de un tugurio sea el mejor sitio para declararse, pero he terminado citas románticas en sitios peores. La misma chica que me ha hecho caer y que ahora me señala con la punta de la uña de su dedo índice abre y cierra la boca muy deprisa. Yo escucho algo parecido al chillido de un delfín. Tiene la cara muy roja y las venas del cuello se le ensanchan y contraen con violencia. Creo que me está gritando. Creo que está enfadada. Creo. Si contemplamos el cuadro desde cierta perspectiva lo más sensato sería creer que entre los sonidos distorsionados que salen de su boca hay algún que otro insulto. Alguna que otra amenaza de muerte y/o revelación de intimidades con el único propósito de humillar(me). Pero si algo he aprendido con lo mío, con mi minusvalía auditiva, es a no dar nada por supuesto. Es verdad que el hecho de que la chica haya sacado una navaja de su bolso con la que me está apuntando mientras se pasea, como si necesitara caminar para no apuñalar, podría interpretarse como una actitud agresiva. Pero no hay que sacar conclusiones precipitadas. Esto podría ser bueno. Quizá tan solo me está invitando a tomar una última copa en su apartamento. No es probable, pero quizá me está diciendo que soy lo mejor que le ha pasado en la vida. No es probable pero tampoco es imposible. Lo que cuenta es el contenido y no el continente. O quizá no. Seguramente no, porque después de escupirme en la cara ha pedido un taxi y se ha ido sin ni siquiera esperar a que despegara mi culo empapado del suelo.

Aún me falta práctica. No termino de acostumbrarme a esto de recibir frecuencias de sonido aleatorias cuando la gente se comunica conmigo. Y es que eso es lo que pasa. No he entendido nada de lo que me ha dicho igual que no entiendo nada de lo que me dice nadie. Te lo explico rápido. Recapitulo a grandes rasgos para arrojar un poco de cordura sobre lo que está ocurriendo. Un tapón de cerumen del tamaño de una canica, eso es lo que pasó. Un día desperté escuchando doble. Sí, escuchando. Todo tenía eco, incluso el eco. Si escuchaba una conversación esta se repetía en mi cabeza varias veces por minuto. Lo curioso es que solo ocurría con las personas, con la voz humana. Podía escuchar música sin problemas. Podía oír las sirenas de las ambulancias y los ladridos de los perros con total nitidez, pero cuando alguien me hablaba sus palabras se repetían una vez y otra y otra dentro de mi cabeza. Fui al médico, el cual me dijo que tenía un buen tapón de cerumen en el oído y que me daría cita con el otorrino. Me dijo que no era nada de lo que preocuparse. El problema fue que la cita me la dio para dos meses después, y claro, la impaciencia me pudo y tiré de remedios caseros. Déjame decirte algo que puede evitar que te jodas la vida. De verdad, déjame advertirte sobre esto; los remedios caseros han matado a más gente que el nazismo. Los remedios caseros están más cerca de la magia negra que de la medicina.

Déjame decirte también que si dejas media cebolla en la mesita de noche para curarte un resfriado puedes amanecer con plumas. Si aguantas la respiración durante demasiado tiempo para quitarte el hipo, se te pueden borrar las huellas dactilares. Si te untas el cráneo con orina fresca para reforzar el cuero cabelludo te expones a que se te caigan los dientes. Pero yo no sabía nada de eso y  fui a la biblioteca a buscar un remedio popular, barato y rápido, para curarme de lo mío. La receta del remedio la encontré en la sección de esoterismo, y con eso ya te lo digo todo. Esa misma tarde me  puse a ello. La receta -supuestamente infalible- requería de medio litro de zumo de naranja, dos berenjenas, bicarbonato, lágrimas de bebé, sal, pimienta, incienso y una cucharada sopera de limpia-cristales. Tenías que hacer un batido con todo eso y beberte la mitad en ayunas. La otra mitad la dividías a su vez. Con una de las nuevas mitades de ese mejunje debías darte friegas en el pecho y en los gemelos. La mitad de la mitad que quedaba debías introducirla en tu cuerpo como si fuera una lavativa. Al despertar en el suelo al día siguiente (evidentemente después de tantear con semejante pócima pierdes el conocimiento durante nueve horas) el tapón había desaparecido. Mis conductos auditivos ya no estaban obstruidos y yo me sentía sano y limpio y desatascado. Al salir a la calle la portera del bloque de pisos en el que resido me saludó, y yo escuché lo que dijo tan solo una vez. Sin eco. Estaba curado y eso es lo único que me importaba. No entendí lo que me dijo la portera, y aunque me sonó a hebreo, no le di mayor importancia. Pero no tardé demasiado en descubrir que el tapón de cerumen se había llevado con él algo más. Ese remedio raro servía tanto para desatascar los oídos como para alterar las frecuencias de sonido que uno percibe. Fue como cuando vuelves a sintonizar el televisor, que los canales se desordenan. Fue como arreglar una cosa para empeorar dos.

Ahora escucho a la gente hablar y a mí me suena todo como un canal codificado por satélite. Una conversación normal y corriente la escucho como si fuera esa canción sonando por la radio de un coche que cruza un túnel. Ahora las personas hablan como se supone que hablaban los extraterrestres en las pelis de ciencia ficción de los setenta. Y todo con tono neutro. No hay agudos ni graves, solo un sonido sostenido similar al de un disco rayado. No importa si gritan o susurran, para mí siempre suenan tal y como sonaban los adultos en los dibujos de Snoopy. Y claro, esto tiende a confusiones que terminan en situaciones violentas como la que ha ocurrido con la chica con la que (creo que) estaba saliendo hasta hace pocos minutos. Puede que se haya enfadado porque le hablaba en su mismo idioma. No es que me estuviera burlando de ella sino que pretendía ser educado.  Me parece una muestra de respeto hablar de la misma manera que mi interlocutor. Y si escucho que me hablan como si atropellaran un gato, yo contesto con ese mismo sonido estridente. Y aunque termine abofeteado y por el suelo más veces de las que debiera, aunque me partan la cara más de lo recomendado, no todo está tan mal. Cuando no entiendes nada puedes atribuirle a todo el significado que prefieras. Si no comprendes algo puedes interpretarlo como te apetezca. Y cuando mi jefe me llama a su despacho y da puñetazos encima de la mesa, yo asumo que me está felicitando en alguna lengua muerta. Y si un grupo de jovencitas cuchichean después de que pase a su lado, es que están usando onomatopeyas para referirse a mi físico poco privilegiado y mi culo esculpido en piedra. Y es un gran alivio, porque si me llaman por teléfono a altas horas de la madrugada yo no oiré malas noticias, sino tan solo una transmisión encriptada de la antigua unión soviética.

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