El megatón

Es algo que está tan arraigado que te puede parecer hasta normal. Los incentivos. Los objetivos. Trabajar y cobrar en función de tus resultados. Esto quizá te suene a banca y a finanzas. A seguros de vida y de hogar. Habrás escuchado eso de que hay que colocar cierto número de acciones antes de finalizar el año fiscal. Hay que adjudicar un número fijo de hipotecas y conceder un número limitado de préstamos cada trimestre. Bueno, pues que sepas que esos mismos ratios de productividad también los tienen los funcionarios. Hay que poner un número concreto de multas. Apagar un número específico de incendios. Recoger un número mínimo de bolsas de basura. Sellar por triplicado una cantidad exacta de documentos oficiales. Y esa misma presión por alcanzar los objetivos cuatrimestrales también la tengo yo en mi gremio. Hablo del gremio del culto al cuerpo. El gremio del fitness. No quisiera alarmarte, pero la última vez que uno de los míos temió por su empleo todos empezamos a correr por ahí a altas horas de la madrugada embutidos en sudaderas y zapatillas fluorescentes. De verdad que no quiero que te asustes, pero  es que hay que temerle a los cismas del fitness tanto o más que al auge de la extrema derecha y el neoliberalismo en Europa.

Ante todo necesito que te conciencies que lo mío, el fitness, es un trabajo, y uno bastante serio. Dejemos claro que aunque no lleve traje y corbata mi uniforme se compone de unas mallas y una camiseta de compresión. No llevo mocasines pero sí unas zapatillas con suela de gel y con hendiduras aerodinámicas. En lugar de un rolex llevo un pulsómetro que tanto mide el nivel de azúcar en sangre como detalla cuál es la mejor hora del día para hacer sentadillas. Mi oficina huele a sudor y a endorfinas, y desde ella se moldea el cuerpo y el alma del hombre contemporáneo. Sí, soy un simple y todopoderoso monitor de gimnasio. Y sí, me dedico a algo más que a intentar ligar con los clientes. No te aburriré con la triste historia que me hizo acabar aquí, pero lo que sí que te diré es que los monitores de gimnasio estamos sometidos a una presión enorme por culpa de los objetivos que nos asignan por convenio. El convenio de estar en forma. Para que nos entendamos, se nos exige un número concreto de flexiones y abdominales. Y no que las hagamos nosotros, sino los clientes. Nos piden que se levanten ciertas toneladas al día, que se corran, naden y repten varios cientos de miles de kilómetros antes de la hora de la siesta. Mira, todas esas máquinas raras que ves van conectadas a un generador que contabiliza el esfuerzo realizado y hace la respectiva conversión en julios. Si eres monitor de gimnasio te puedes organizar como quieras, pero si en la fecha límite no has conseguido generar una energía por encima de un megatón, estás despedido.

Te habrás dado cuenta que por las salas de gimnasio se pasean un montón de monitores sin cometido aparente. No hacen clases. No están ahí para resolver dudas, no. No están ahí para limpiar la sala ni colocar el material en su sitio. Están ahí vigilando, calculando. Esa gente musculada y definida que se pasea en círculos son el equivalente del departamento de asuntos internos de la policía aplicado al mundo del sudor voluntario. Son chivatos de mucho calibre. Igual que un inspector de sanidad se pasea por las cámaras frigoríficas de los restaurantes en busca de bacterias, estos tipejos y tipejas se anotan los centilitros de sudor que se producen en las clases de pilates. Llevan siempre encima un contador con el que apuntan las veces que los clientes se miran en el espejo. Esta panda de buitres realizan un informe exhaustivo para trasladarlo a La Central. Y todo para comprobar que se está trabajando a buen ritmo y que no se deja todo para última hora, porque cuando se dejan las cosas para el último momento lo normal por aquí es que se produzcan sendas mutaciones. Estos chivatos nunca me han caído bien, pero reconozco que su simple presencia es un revulsivo que evita más de una catástrofe estética y/o social. Mira, no hay que ir muy atrás. Si tuvieras cuarenta años más podrías hasta recordarlo. La primera vez que se establecieron los objetivos en nuestro oficio fue en la época en la que la gente acudía al gimnasio básicamente para pasear por un lugar donde estuviera socialmente aceptado llevar pantalón corto y camiseta de tirantes. En aquellos tiempos ir con los sobacos al aire era casi como un acto de exhibicionismo. Nadie hacía deporte de verdad, solo iban ahí y paseaban y charlaban con los amigos. Así que cuando el monitor de turno se dio cuenta que faltaban pocas semanas para que acabara el plazo, y que en su gimnasio no se había generado ni la energía suficiente para recargar una pila, entró en pánico. Enloqueció de nervios. Así que deprisa y mal organizó una competición de levantamiento de pesas. Deprisa y mal, y más por desesperación que por accidente, ese tipo inventó la Halterofilia. El problema fue que aquella fructífera e inofensiva competición hizo mutar a la gente de tal manera que ni Chernóbil en su mejor momento. Si levantas un peso desproporcionado durante un tiempo desproporcionado tu cuerpo también se vuelve desproporcionado. Y lo extraño es que a los clientes les gustó, se engancharon. Por alguna razón indescifrable a los clientes les apasionó eso de tener la espalda más ancha que un colchón. Y gracias a ese reducto de motivados que podría remolcar un tractor a pulso se alcanzó el megatón a tiempo. Lo que pasó después es que corrió la voz entre los monitores de gimnasio, y desde entonces en todas las salas de máquinas del mundo se puede encontrar a media docena de culturistas que producen una energía constante y fiable. Para cualquier monitor un culturista es como ese anillo de oro de nuestra abuela que solo conservamos para poder venderlo si las cosas se complican. Si alguna vez estamos en apuros, tan solo tenemos que organizar un concurso de levantamiento de peso y ese puñado de mastodontes nos salvarán el culo, otra vez.

Todo iba bien, pero desde La Central limitaron la energía generada por las pesas. Crearon divisiones y restructuraron la energía que se generaba por cada actividad deportiva. Y lo que sube por un lado baja por otro. Con el auge del culturismo la gente ganó masa muscular, pero claro, perdió movilidad de manera alarmante. Había incluso culturistas que morían de inanición si caían de espaldas al suelo; incapaces de darse la vuelta y superar el caparazón de músculo en el que se había convertido su trapecio descontrolado. Por ello, los porcentajes de energía generada por peso, por tonelada, subieron, pero los kilómetros y las calorías consumidas se redujeron drásticamente. Así que pasó un poco lo mismo que la otra vez. Casi siempre pasa un poco lo mismo que lo que ya ha pasado anteriormente; el pánico vino a saludar. Un monitor, como medida desesperada ante el temor a ser despedido, se inventó el aerobic y las clases dirigidas. Todas esas clases eran una simple excusa para tener a un puñado de gente moviéndose sin parar durante una hora. Exacto. Cuando los kilómetros subieron, bajaron las millas. Un monitor de piscina, por puro horror a verse de patitas en la calle, le dijo a sus clientes que si se depilaban ganarían mucha velocidad de nado. Y le creyeron. Les dijo que se depilaran las piernas, pero les podría haber dicho que se rasuraran las cejas y lo habrían hecho igual. La gente empezó a depilarse en masa y a meterse en el agua para comprobar que realmente alcanzaban velocidad de fragata. El caso es que siempre que un monitor de gimnasio está a punto de ser despedido consigue mantener el trabajo in extremis, pero a costa de volver a un puñado de gente todavía más estrafalaria de lo que ya era. Y cuando muchos puñados de gente rara se juntan, la tortilla se da la vuelta y el raro empieza a ser el normal. A día de hoy, si no tienes un melón a modo de bíceps, sino tienes las piernas más suaves que la seda, si no corres y corres y corres y corres y corres y presumes de ello, formas parte de la resistencia.

Un monitor que se veía en la calle cogió una camiseta y le estampó el lema “No pain No Gain“. Un monitor en apuros inventó el Footing. Otro lo rebautizó como Running. Si te fijas, antes a correr se le llamaba correr. Pero el pánico por no alcanzar el megatón obligó a los monitores de varias generaciones a rebautizar a las actividades. Le cambias el nombre a algo y generas nuevos impactos. Nuevas ventas, nuevos adeptos. Esto es marketing básico aplicado al sudor y a la grasa focalizada. Siempre que un monitor está con el agua al cuello coge algo que ya existe y le añade algún detalle y le cambia el nombre. El aeróbic se ha convertido en el Pilates, en el Zumba. Hacer bici pasó a ser spinning, y eso pasó a ser Biking. A hacer flexiones y abdominales en el suelo ahora lo llaman crossfit. Todos por los ratios. Todo por los niveles de esfuerzo que fluctúan y que deben permanecer estables para contentar a los de La Central. Lo que antes era correr luego fue hacer footing y luego fue hacer Running. Si andas por la ciudad haces Jogging y si paseas por el campo haces Trekking. Todo es lo mismo que antes pero con otro nombre. Todo es igual que siempre pero un poco más decadente.

Te cuento todo esto para que entiendas el mérito de mi decisión. Básicamente te he soltado todo este rollo para que como mínimo me lo agradezcas, y es que he decidido sacrificarme por y para ti. Prefiero ser despedido a que se implemente el engendro que el miedo me ha hecho crear; el GestaFitt. Mira, el gimnasio en el que trabajo es el último de una cadena que tenía más de cien locales repartidos por todo el país. La cadena está en quiebra, y solo ha mantenido el gimnasio en el que trabajo en pie. Y adivina: La Central nos pide que generemos un megatón por cada gimnasio que teníamos. Eso significa que tengo poco menos de un año para generar (a golpe de press de banca) la misma energía que se necesitaría para borrar dos o tres continentes de la faz de la tierra. He hecho cálculos, y para llegar al objetivo necesitaría encerrar a todos los clientes en el gimnasio durante nueves meses. Necesitaría que hicieran ejercicio incluso mientras comen. Que pedalearan mientras duermen. Y la única solución que he encontrado es inventar el GestaFitt; una actividad aeróbica de nueves meses de duración, en la que te alimentas mediante un tubo y no dejar nunca de moverte. No dejas de moverte ni para dormir, lo que haces es reducir la intensidad del trabajo lo justo para conseguir echar una cabezadita. Lo peor es que no sería difícil de vender. Solo necesitaría decir que la vida nace en la gestación, y que esta actividad revolucionaria consiste en un nuevo renacimiento personal. Un nuevo renacimiento en el que te alimentas por un tubo de plástico a falta de cordón umbilical. Solo necesitaría carteles de metro y medio con gente joven y depilada y semidesnuda sonriendo a la cámara mientras levantan pesas mientras pedalean mientras hacen abdominales debajo del agua. Y unas cuantas palabras con una bonita serigrafía al estilo zen. Letras escritas con pluma y kanjis que transmitieran conceptos aleatorios a la par que saludables. Conceptos como bienestar. Efectivo. Innovador. Vital. Solo necesitaría un videoclip de gente guapa con palabras como “revolucionario” y “puro” orbitando alrededor de su dentadura perfecta, y mañana mismo tendría una cola de aquí a la esquina de gente normal ansiosa por empezar. Mira, destruiré toda mención sobre el GestaFitt y me recluiré a las montañas, porque prefiero perder el empleo y vivir como un ermitaño a escuchar a alguien preguntar si el tubo que le meterán por la boca (y hasta el esófago) puede ser de color verde chillón.

 

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