La limosna

Sé que lo normal es despertar con el pelo revuelto y la boca pastosa. Sé que se acostumbra a amanecer con legañas y con una cara que no te gustaría verle a otro. Lo sé porque yo también despierto así; hecho un asco. Pero es que además de eso, además de como los restos de un accidente aéreo, yo me despierto con conocimientos avanzados de chino mandarín. Al margen de con ojeras, yo despierto con nociones no precisamente escuetas sobre ingeniería espacial.

No perderé tiempo explicando los pormenores, porque esto es algo que ya has oído varias veces en las noticias. Lo que me ocurre te resultará casi común. Has leído sobre casos similares al mío en el periódico y en alguna que otra revista médica o científica. Pero aunque raro, es completamente cierto. Estoy hablando de eso de despertarse de un coma hablando otro idioma. O despertarse tras meses o años de nada, y ponerse a recitar la tabla periódica con el lenguaje de signos antes siquiera de saludar. Pues como he dicho, es verdad. Totalmente verídico. Lo descubrí por mí mismo tras despertarme en el hospital por una sobredosis de barbitúricos que ahora no viene al caso. Desperté con los labios resecos y con una de esas batas que te dejan el culo al aire, y sabiendo reparar maquinaria agrícola. El caso es cada vez que estás a punto de palmarla regresas con un pequeño añadido. Una ventaja. Una bonificación. Es como cuando tu personaje muere reiteradamente en un videojuego, y el mismo juego te proporciona habilidades especiales para superar ese tramo, esa pantalla, que te tenía amargado. La vida igual. La vida también se compadece de ti cuando eres tan malo que das pena. Cada vez que entras en coma, cada vez que bajas un peldaño de la escalera hacia el sótano de la consciencia, la vida te da limosna. Te da algo valioso para alguien, aunque no necesariamente para ti. Es como un premio de consolación. Una bonificación aleatoria. Sólo cuando estás en las últimas la vida te da algo como saber tocar el oboe. Algo como una habilidad inhumana para silbar igual que una ambulancia. Algo como una maestría sin paragón para hacer origami con los pies. Es que es casi lógico, cuando caes quizá no aprendas a levantarte, pero aprenderás a desinfectar una herida y a colocar una tirita. Aprenderás a no arrancarte la crosta antes de tiempo. Algo aprenderás, aunque ese algo no sea lo que quieras ni lo que necesitas. Y cuando entendí que casi podía obtener un doctorado echándome una siesta un poco larga, me enganché. Me aficioné a esto de aprender sin esfuerzo. Tampoco es que use mis nuevas habilidades para nada de provecho, pero el asunto es medio entretenido. Ameniza los días y las noches y hace que pasear por la existencia salga más barato. Distrae, que no es poco. Ese es el motivo por el que en los últimos dos años he estado (voluntariamente) once veces en coma. En los últimos dos años he aprendido siete idiomas, a pilotar un ultraligero, a hacer ganchillo a nivel profesional, a hacer llaves avanzadas de jui jitsu brasileño, y a bailar bachata de igual a igual con gente sudamericana. Cada vez que tengo sed de saber incierto y ansias de conocimiento aleatorio, echo mano de uno de los botes de barbitúricos que siguen sin venir al caso y que los de los servicios sociales no han conseguido encontrar por muchas veces que hayan registrado mi domicilio. Y hoy quizá me entrego por aburrimiento a la voluntad caprichosa de un puñado de pastillas bicolores, pero, tras un lavado de estómago y varios días intubado, quizá obtendré una licenciatura en humanidades.

 

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