El camino

Ser propietario de una tetería no dista mucho de dirigir un entramado de peleas tan clandestinas como ilegales. De hecho, una cosa te lleva de la mano hacia la otra. Prácticamente no hay diferencia entre servir infusiones afrutadas y echar cubos de agua encima de un cuadrilátero de cemento para limpiar la sangre que se ha vertido durante la contienda. Y es que si has ido alguna vez a uno de esos locales con música ambiente de repicar de campanas tibetanas, uno de esos sitios que huelen a incienso y en los que hay instalado un atril desde donde se recita poesía, te puedo asegurar que ya es como si hubieras acudido a un recinto donde se realizan peleas de perros. En serio. Si has escuchado a alguien con boina leer en penumbra y en voz alta el prólogo de algún libro de micro relatos ya es como si hubieras estado presenciando una pelea de gallos en Tailandia. Es que yo solo quería fomentar la lectura. Han sido las circunstancias y no el ánimo de lucro lo que me ha llevado a vivir en una mansión y a pasearme por el centro con un descapotable. Ha sido el destino y no la avaricia lo que me ha obligado a contratar a un tipo para que piratee la radio de la policía y me avise en caso de redada. Y todo por mi amor desmedido hacia la literatura.

Verás, yo tenía una tetería normal y corriente. Un local viejo de las dimensiones de un garaje, y que estaba casi sepultado por un alud de libros. Digo alud de libros porque había libros en las estanterías, encima de las sillas y las mesas, incluso se usaban libros como posa vasos. Los pedidos se anotaban en la contraportada de los libros de bolsillo. La cuenta te la traía impresa en el interior de un libro de tapa dura, y no tenías más opción que leer hasta encontrarla. La llave del baño estaba escondida entre las hojas de un tomo enciclopédico, y es que hasta el propio papel higiénico estaba hecho con páginas de libros defenestrados  Básicamente, lo que yo tenía era una librería con mesas adosadas; un laberinto como el de El resplandor, pero con muros de hojas impresas en lugar de setos. La idea era que la gente leyera aunque fuera por accidente. Pretendía que la gente leyera casi por osmosis. No esperaba ni ganar dinero. No había consumición mínima. Podías pedir un vaso de agua, o entrar para ir al baño, o simplemente pedirle la hora al camarero, y quedarte medio día leyendo antes de conseguir encontrar la salida. Tener poca clientela no me preocupaba, pero el casero insistía demasiado en que me pusiera al día con el alquiler, y se me ocurrió utilizar la excusa del aniversario de la muerte de Cervantes y de Shakespeare para captar algún que otro cliente. No importa si te gusta leer o no, a esos dos los conoces aunque no quieras. Así que intenté aprovecharme de su filón mediático y decidí organizar un combate literario. Esto implicaba que se leerían pasajes y citas de cada autor, y que los clientes aplaudirían con mayor o menor intensidad para dictaminar el ganador. Eso era todo. La idea era tan simple e inofensiva como leer un poco en voz alta y que se agitaran las manos en un aplauso mudo para no molestar a los vecinos. No contaba con los abucheos y los cánticos. En ningún momento se me pasó por la cabeza que nadie fuera a traer bengalas.

El problema de la literatura es que, como cualquier otro deporte, cuanto más famoso es un atleta, autor o personaje, más hooligans tiene. Parece ser que corrió la voz de lo del combate literario, y en el día señalado el local se me llenó de muchas decenas de partidarios de cada autor. Y cuando digo partidarios digo hinchas en toda regla. Casi un centenar de personas que iban hasta las cejas de infusiones de té negro con leche de avena. Gente peinada para dar aspecto de despeinada, gente con la barba perfectamente recortada para que pareciera descuidada, y que llevaban fulares, no bufadas, fulares con colores de las banderas de los países de origen de cada autor. Lo que se suponía que tenía que ser una lectura respetuosa y armónica terminó como una batalla de rap. Si el representante de Shakespeare empezaba a entonar algún hit mundial como “Ser o no ser” el público soltaba onomatopeyas y silbaba. Algunos incluso se tapaban la boca con las dos manos como si hubieran escuchado la mayor de las barbaridades. Si el representante de Cervantes aludía a “La Mancha” el público se daba palmadas en los muslos, asentía con vehemencia y señalaba reiteradamente el suelo imitando la forma de una pistola con la mano. Los vecinos se quejaron del ruido varias veces y el local acabó hecho un estercolero, pero esa noche serví más porciones de pastel de zanahoria con nueces que durante la última década. Es cierto que los representantes de Shakespeare y Cervantes se exaltaron un poco y terminaron por arrojarse un par de cupcakes a la cara, pero en la caja había tanto dinero que no pude ni cerrarla. A la semana siguiente repetimos la batalla, el nuevo par de oradores que interpretaban a ambos autores llegaron a empujarse, y yo tuve que guardar el dinero sobrante en una bolsa de basura. Semana a semana conseguía un dineral, y semana a semana se pasó de los empujones a las bofetadas, y de las bofetadas a los cabezazos. Cuanta más violencia más clientes, más público, y más dinero. Al mes y medio sustituí el atril por una jaula de esas que usan en las competiciones de artes marciales mixtas. Las estanterías las reemplace por unas gradas. Pasados dos meses ya ni se recitaba ni se leía nada, y el único hilo musical del local era el ruido de los nudillos impactando contra los huesos y el de la caja registradora abriendo y cerrándose hasta el absurdo.

Fue al año y medio, tras despertar en aguas internacionales en el camarote de mi yate, y tras una orgía indescriptible de placeres ilegales, cuando entendí que me había desviado del camino. De mi camino. Y le puse fin. Decidí reconducir mi negocio y volver a los orígenes, pero inculcando la literatura a un nivel superior. Y es que no fui yo quien dijo eso de que cuando el dinero va por delante todos los caminos están abiertos. Así que mantuve la estructura central del tinglado, pero a  partir de entonces todo aquel que quisiera ver la pelea debía traer un comentario de texto escrito de su puño y letra sobre alguna obra de los autores. Para cobrar una apuesta se tenía recitar un soneto de memoria. Para ir a doble o nada tenías que responder un cuestionario sobre las respectivas biografías. También introduje cambios en las propias peleas. Ante todo, para subir al cuadrilátero y reivindicar por la fuerza la obra de Shakespeare o Cervantes cada aspirante debía de haber participado en, como mínimo, dos representaciones teatrales, y no valía Sueño de una noche de verano, que no es ni medio larga. El peleador que defendía la memoria de Shakespeare llevaba siempre guantes, por lo del negocio familiar. El peleador que llevaba el estandarte de Cervantes tenía que meter una mano durante hora y media dentro de un congelador antes de empezar; por lo de la parálisis y demás. Había hostias como catedrales, sí, pero también cierto rigor histórico. Cuando el alter ego bruto de Shakespeare estaba perdiendo podía pedir el relevo con otro tipo que hacía las veces de Christopher Marlowe. Este último era siempre más alto, más fuerte y más atlético que él, y por norma general remontaba los combates más difíciles. Si la versión violenta de Miguel de Cervantes estaba en apuros tenía la opción de rendirse a media contienda y huir a Roma, y también podía invocar a alguno de los personajes de sus obras para que le ayudara: solía pedir la colaboración de Sancho Panza, que era encarnado por un ex-campeón internacional de sumo que pesaba unos doscientos kilos. Nos tomamos ciertas licencias poéticas en pos del espectáculo, no lo negaré, pero aun así se intuía un leve homenaje en cada golpe. Aun así la gente leía y aprendía. Y ahora ya solo pienso en seguir expandiendo el negocio la literatura. Hay una montaña de gente talentosa y muerta esperando a darse de tortazos. Leer es el único camino para aprender a recorrer caminos, y tenemos bajo tierra a un buen montón de guías dispuestos a reivindicar sus rutas a manotazos.

Texto publicado en el Nº 37 de Obituario Magazine, dedicado a Cervantes y Shakespeare
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