Lo que estaba ahí

No es tanto una premonición como una ligera distorsión del continuo espacio tiempo. Y más ilusión óptica que viaje temporal.

Padezco una miopía rara; en lugar de ver los objetos borrosos, los veo adelantados. Ni sobrepuestos ni difuminados, adelantados. Adelantados a su tiempo. Lo veo casi todo en su futuro más inmediato, tal y como será dentro de poco tiempo. Podríamos decir que tengo dioptrías cuánticas. Y por culpa de esa discapacidad espacio-ocular me río de las caídas de la gente antes siquiera que tropiecen. No puedo ir al cine a ver películas de terror porque grito y me asusto antes de tiempo; cuando todo el mundo todavía está en tensión y aferrado a su reposa-brazos. Si cruzo la calle a solas me condeno a un atropello. Supongo que también es por eso que soy tan mal amante, ya que me desplomo derrotado cuando apenas veo que los muslos ajenos empiezan a estremecerse. Que veas algo no quiere decir que siga ahí. Ni que te esté esperando. A veces intento agarrar una copa que el camarero todavía no me ha servido. En ocasiones intento entrar por una puerta que todavía no se ha abierto.

Pero hay entornos controlados en los que ver las cosas tal y como serán, ver las cosas ahí donde estarán, antes de que sean o estén, puede ser bastante lucrativo. Por eso empecé a boxear. Un cuadrilátero es un escenario antiséptico y sincero en el que solo estás tú y aquello que abiertamente te quiere hacer daño. Yo miraba la cabeza de un tipo y sabía donde estaría pasados unos segundos. Veía la trayectoria que trazarían sus puños. Retaba a grandes campeones, luego apostaba a mi favor y me concentraba en memorizar el número de golpes y la cadencia de los mismos, así como la postura y el ángulo desde el que mi adversario pretendía dejarme tieso. La verdad es que visualizaba el itinerario de mi contrincante mucho antes de que este se levantara del taburete. No entrenaba ni falta que me hacía. Ni estaba fuerte ni lo necesitaba. Para ganar todos los combates me bastaba con contar mentalmente los segundos de retraso de mi visión respecto a la realidad, y plantar un manotazo en el espacio de aire ahí donde se materializaría la mandíbula de mi objetivo unos segundos más tarde. Me llamaron prodigio y me dieron muchos pero que muchos cinturones. A veces incluso me recreaba en los combates, haciendo alarde de unos reflejos sobrehumanos que en realidad no tenía, y realizando aspavientos antes de soltar el golpe definitivo. Me trataron de genio. Me tacharon de huracán. Claro que boxeaba por el dinero y por la fama, pero también lo hacía para poder tocar, golpear y sentir, aquello que yo veía pero que en realidad no estaba (todavía) ahí. El problema es que, pese a salir inmaculado de todas las batallas, mi cabeza no estaba precisamente a salvo. Sin recibir un solo puñetazo terminaba el día con las cejas partidas y con brechas en la cabeza. Me lesionaba que daba gusto, pero no por los golpes de mis adversarios, sino por culpa de los estantes. Los cajones de los armarios. La trampilla del desván. Los marcos de los cuadros. Tenía el rostro hecho un auténtico mapa por las veces que me estampaba contra una puerta que creía abierta y las veces que intentaba salir del ascensor cuando este todavía estaba entre el tercer y el segundo piso. Lo que hacía era maquillarme con cierto disimulo y disputar el combate de turno. El sudor hacía desaparecer paulatinamente el maquillaje, y era en mitad de los asaltos cuando en mi cara aparecían moratones e hinchazones varios. Gracias a eso nadie me descubrió como el falsario del deporte que era. El público y el árbitro creían que tenía unos reflejos felinos, pero que alguna hostia me llevaba de vez en cuando.  Y no iban para nada desencaminados.

Pero mi carrera de pugilista termina hoy. Precisamente esta noche tenía que disputar el combate por el título del mundo. Combate al que no me presentaré, claro. Estaba previsto que me enfrentara a una bestia de unos ciento cincuenta kilos que ha estado varias veces en la cárcel por delitos serios. Pero ese ex convicto ni siquiera me verá de lejos, porque ya he mandado una misiva a la prensa en la que anuncio mi retirada. Lo que ha ocurrido es que esta mañana me ha noqueado mi despensa. Estaba en la cocina, me agaché para recoger no se qué, y al levantarme me golpee la sien con la puerta de un armario que yo no veía abierta. Claro, la puerta se impulsó por la virulencia del golpe, y terminó cerrada a los pocos segundos, tal y como yo la veía en el momento antes del impacto. El golpe, al margen de dejarme inconsciente un rato, me ha trastocado.  Y me ha arreglado la vista de pasada. Lo he descubierto  al salir de casa sin golpearme con la puerta del ascensor y al cruzar la calle sin que ningún vehículo me reventara los tímpanos con el claxon. La prueba definitiva me la ha dado en forma de salivazo un hombre que ha resbalado en plena calle; al verlo me he acercado aprisa para advertirle que fuera con cuidado, que estaba a punto de caer de bruces. Le he dicho que aunque no me creyera debía hacerme caso porque estaba viendo su hostia por adelantado. El hombre, con el culo ya en el suelo, se ha cabreado conmigo al creer que me burlaba de él  y me ha plantado un escupitajo en el zapato mientras se levantaba. En definitiva, estoy curado y no tiene sentido dejarme aniquilar por alguien con delitos de sangre a su tatuada espalda. A partir de ahora viviré del recuerdo de la estafa andante que fui, de las entrevistas en programas deportivos, y de los intereses generados en mis más que abultados fondos de inversión. Y es que ya no se me escarpará ningún bufido, grito o gruñido antes de tiempo, ya no me derribará la estela de algo que no está.

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