El mimetismo

Uno nunca puede apartarse completamente de aquello que le hace vibrar. Ni aunque lo pre-jubilen. Ni aunque le inhabiliten y le prohíban volver a desempeñar su cometido por una serie de motivos que ahora no vienen al caso.  Es por eso mismo que tantos boxeadores retirados se meten a guardias de seguridad, guardaespaldas o porteros de discoteca. Por lo mismo que los futbolistas empiezan a acudir en masa a tertulias deportivas una vez cuelgan las botas. Eso también incluye a las aficiones descontroladas, claro. Cuando te arrebatan algo te ha hecho sentir ingrávido intentas encontrar un sucedáneo. Te sorprenderías al saber cuántos pirómanos se vuelven bomberos bien entrada la madurez, cuántos ludópatas se reformulan en crupieres. No sé si sabías que dos de cada cuatro guardas forestales en activo fueron cazadores furtivos en su juventud.  Al fin y al cabo, uno siempre tiende a mimetizarse con aquello que ama.

Es por lo anteriormente expuesto que me presenté a esa entrevista de trabajo en el que el perfil de la amplia mayoría de los candidatos era el de chicos risueños con piercings y acné. Chicas de apenas veinte años con coletas y petos de granjero. Uno de los requisitos de la oferta laboral era ser una persona seria y responsable. Buscaban a alguien con capacidad de organización y con cierta experiencia en la supervisión de grupos. Valoraban muy positivamente haber cuidado a sobrinos pequeños y haber hecho de canguro algún que otro fin de semana. Me presenté a la entrevista con mi uniforme y mis botas de piel de serpiente con espuelas, y con mi silbato de metal colgado del cuello. No me quité las gafas de sol ni siquiera cuando la encargada de recursos humanos me preguntó si sabía cómo cambiar un pañal. Ni cuando me pidió que le cantara en voz alta un par de nanas y que le leyera el cuento de Hansel y Gretel. Y es que solo me quité el sombrero de cowboy para estrecharle la mano y agradecerle su tiempo. Me llamaron esa misma tarde y me preguntaron si podía empezar a trabajar al día siguiente, y acepté, claro. Durante los últimos treinta años había sido el alcaide de una prisión de máxima seguridad -e instructor militar los fines de semana- , y ahora sería monitor en una guardería. Estoy convencido que los barrotes de las cunas me harán sentir como en casa. Y quizá no pueda enviar a los críos a una celda de aislamiento si no se terminan la merienda o se niegan a hacer la siesta, pero de bien seguro que podré enseñarles algo de disciplina a pequeña escala utilizando los biberones a modo de refuerzo positivo. Aunque la realidad es que acepté el trabajo por lo mismo que nunca puedes dejar de pensar por completo en tu ex mujer y por lo mismo que un antiguo foto-periodista de guerra termina empleado en una copistería; por apego. Por apego desmedido a un hábito que se ha convertido en un apéndice invisible de tu cuerpo, y que aunque no aparezca en las radiografías sabes bien que lo tienes instalado en algún sitio entre la cadera y el cuello.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s