Lo prometido

No me avergüenza decir que en ocasiones me cuesta discernir entre ficción y realidad. Entre lo que imagino y lo que realmente sucede. Y aunque a ratos dude si esto o aquello se ha materializado en algún lugar ajeno a mi cabeza, lo que sí que tengo claro es que el lince ibérico lleva al borde de la extinción desde que tengo uso de razón. Se supone que a estas alturas de la película los osos panda no deberían poder encontrarse fuera de una jaula. Según lo previsto, hace casi una década que los pescadores asiáticos deberían haber destripado hasta el último delfín.

Otra cosa que sé del cierto que ocurrió es que hace unos años se recomendó a todo el mundo ducharse en lugar de bañarse, cerrar el agua del grifo mientras uno se cepillaba los dientes, porque había escasez de agua. Se tanteó con la posibilidad de que en un futuro inmediato se realizarían cortes en el suministro, que se racionaría el agua en función de determinadas franjas horarias. Básicamente nos evocaron un mundo post-apocalíptico al estilo de Mad Max. Tampoco es que me haga  falta tirar de hemeroteca para rememorar cuando, atizados por una supuesta pandemia mundial, íbamos todos lavándonos las manos cada diez minutos con jabón antiséptico. En esa misma época llevábamos los bolsillos llenos de toallitas esterilizadas. Pero resulta que todas esas debacles, de repente, se desvanecieron y no pasaron de la simple teoría. Igual que los coches voladores de la ciencia ficción. Igual que lo de irse de fin de semana a Saturno  y de vacaciones de semana santa a Mercurio. Y es que al final en el año dos mil las máquinas no se volvieron locas ni intentaron destruir a la humanidad. Ni siquiera se pararon los relojes. Y es que todo eso ya no es más que un puñado de advertencias frustradas. Ahora ya hay casi más linces que pelirrojos, más delfines que zurdos. Si le das una patada a un árbol es posible que te caigan cuatro pandas encima. REM le cantó a las masas que era el fin del mundo tal y como lo conocíamos, y yo me lo creí. El caso es que todas esas conjuras terribles que nos aventuraron se han volatilizado, y a nadie parece importarle. Y por un lado eso es genial y por otro es horrible. Es genial por motivos obvios, pero es horrible, tirano a vil, porque nos ha acostumbrado a la mentira, a que nada sea nunca completamente de verdad.

Yo no le deseo ninguna peca de más a nadie, pero sería un detalle que la capa de ozono se ensanchara un par de kilómetros de aquí a final de año, aunque solo fuera por coherencia moral. Y es que ya solo nos queda encomendarnos al calentamiento global y al deshielo de los casquetes polares para conseguir desterrar este cinismo que tenemos tan arraigado por culpa de todos estos monstruos que nunca terminan de asomar por debajo de la cama. Puede sonar exagerado, pero ahora mismo la capacidad de nuestros hijos para creer en Santa Claus depende exclusivamente de la inestabilidad de las placas tectónicas. Quizá es por todo eso que me refugio demasiado en imaginarios psicodélicos; que de bien seguro son  incluso más lúgubres y siniestros que el mundo real,  pero sin duda alguna también son más sinceros. Más honestos.

Y reitero que no me gustaría que ocurriera, pero hay que reconocer que que mañana se desplomara la Torre de Pisa sería todo un ejercicio de honestidad histórica. Estaría bien que, para variar, saboreáramos algo sincero, puro, aunque ese algo fuera feo y barroco. Seamos sinceros, que Venecia mañana amaneciera bajo el agua sería lo más consecuente que le podría ocurrir a nuestra generación. Yo ya solo pido un poco de verdad; una pizca de rigor para con todas aquellas promesas de infancia con tintes de amenaza.

 

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