Lo sujeto de asalto

No pretendo ponerme estupendo con las fechas ni exquisito con el asunto del rigor histórico, pero sí que diré que hubo una época en la que dos de cada cinco trenes eran atacados por los indios. Tres de cada cuatro diligencias eran asaltadas por forajidos. Cinco de cada seis galeones que partían hacia el nuevo mundo no alcanzaban el horizonte sin ser abordados por los piratas de turno. Hubo un tiempo en que todo lo que tuviera un rumbo era sujeto de asalto por el simple hecho de estar en movimiento. La lógica de los bandidos era qué, si decides ir a algún sitio muy lejano, si te atreves a subirte a una bañera de madera o a meterte dentro de una cafetera en forma de tubería para cruzar el hemisferio, te llevarás contigo tus pertenencias más preciadas. Y no estaban del todo equivocados. Pero para concretar (un poco) hay que decir que no es el traslado hacia lo desconocido ni la distancia exagerada lo que te obliga a llevarte contigo el reloj de bolsillo de oro de tu abuelo o las escrituras de tu rancho en las afueras, sino la posibilidad de quedarte en el camino. Es esa intuición remota pero firme de que no serás capaz de alcanzar lo nuevo una vez te hayas desprendido de lo viejo lo que te induce a acariciar ese anillo que guardas en el bolsillo antes, durante, y después de comprar un billete.

El caso es que yo era moderadamente conocido en el pueblo por saber evitar los problemas por minúsculos que fueran. En la taberna se decía que me pasaba horas planificando mis rutas en función de las probabilidades de sufrir algún tipo de conflicto. Y en la categoría de conflicto se incluye hasta tropezar con el felpudo. En el mercado adquirí cierta fama de saber eludir los problemas por estadística y no por intuición. Por lo general los vecinos creían que era una especie de matemático especializado en el error, pero algunos también iban diciendo por ahí que era medio chamán y que me acercaba, o incluso invocaba, a un problema para alejarme de cualquier otro. Lo que sí que no era ni media habladuría es que yo era capaz de cruzar a nado un río infestado de cocodrilos tan solo para no pasar por encima de un puente aparentemente inestable. Es totalmente cierto que en ocasiones prefería rodear un edificio, trepar por la fachada, y entrar descendiendo por la chimenea encendida, antes que llamar a un timbre que no estuviera perfectamente atornillado. Y esas actitudes raras pero sesudas no eran fruto de una aprensión visceral hacia el peligro sino de una sanísima obsesión por la seguridad. Básicamente tenía esa fama en el pueblo; la de tipo raro pero capaz de sortear cualquier tropiezo. Así que tampoco me sorprendió del todo cuando los principales dueños de las redes ferroviarias y de todo el tinglado portuario me contrataron para diseñar sus rutas comerciales.

Lo llamaron la ruta de la gomaespuma porque absolutamente todas las mercancías llegaban intactas a su destino. Absolutamente todos los pasajeros llegaban a su destinación como recién salidos de un balneario. Aunque no negaré que en el nombre también tuvo algo que ver eso de que en algunas ocasiones ordenara que el convoy en cuestión fuera, literalmente, recubierto de gomaespuma. Lo habitual era que hiciera recorrer a los trenes miles de kilómetros en sentido contrario solo para que no atravesaran una suave brisa otoñal. Hacía que los barcos partieran con fuertes oleajes y con previsiones de tormenta catastróficas únicamente para evitar que los rayos de sol cegaran al timonel. Si querías ir de Francia a Portugal tenías que pasar por Madagascar. Si estabas en Japón y querías quedarte ahí tenías que rodear un pequeño monumento en el corazón de Egipto. En los planos que entregaba a los conductores y los maquinistas, entre el punto A y el punto B había medio abecedario y unos cuantos signos del zodiaco. Con mi método cualquier viaje aumentaba su duración habitual hasta el absurdo, pero todos los envíos y pasajeros, con sus respectivos tesoros personales y atemporales, llegaban en el mismo estado que partieron. Todo lo que pasaba por mis manos iba mucho más despacio de lo que debería, pero cruzaba la meta sin importar si la propia meta seguía en pie. Los consejeros de las empresas de transporte extranjeras me preguntaban a menudo cómo conseguía eludir todos los contratiempos en los trayectos, y yo les decía que lo que hacía era simplemente imaginar las rutas como si fueran mi propia vida, que las visualizaba como un laberinto en movimiento, en algo similar a un universo frío e inmutable en constante expansión hacia la nada, pero con rotondas y algún que otro paso a nivel. Eso es lo que les decía porque sonaba medio bien, y a veces hasta les enseñaba pizarras llenas de operaciones matemáticas complejas y muchos borrones. En alguna que otra ocasión me colocaba una toga y danzaba alrededor de un globo terráqueo para hacerles creer que le preguntaba a los espíritus de la naturaleza sobre los mejores senderos para transitar. Pero todo eso era mentira, claro. Un montón de mierda es lo que era. La verdad es que lo que hacía era arrojar un dado antes de salir de casa, y si salía un dos tenía que ir en dirección contraria. Si salía un cuatro tenía que escapar por la ventana. Un tres significaba ir gateando hasta que se me pelaran las rodillas. El seis me obligaba a vendarme los ojos hasta alcanzar el horizonte. A veces, al margen de tirar el dado, le pedía a un par de críos de guardería que pintarrajearan un mapa. Esa ruta a veces temblorosa pero siempre errática que aparecía dibujada en el mapa con colores eléctricos es la que le trasladaba a los de la delegación central de las ocho empresas que me tenían contratado simultáneamente. Los números que salieran en los dados eran los mismos que ponía como resultado en las operaciones matemáticas con enunciados de tres hojas que enviaba a los del departamento de presupuestos para dar veracidad a mis teorías inventadas. Las matemáticas están muy bien para hacerte secundar teorías, pero a los problemas les importa un pito lo que esté o no secundado. Si te diriges hacia alguna parte irán a por ti; los problemas, el caos, los tropiezos, o cómo quieras llamar a esa masa difusa e intangible que te hace temblar sin tener frío. Así que yo me limito a confundirles, a los problemas, digo. Intento sorprenderles tirando de absurdo y azar. Y es que el desastre no puede embestirte sino sabe dónde estás. Para que alguien o algo puede herirte antes debe geolocalizarte. Y aunque parezca raro funciona. Y funciona precisamente por lo raro que es. Ni siquiera los problemas pueden concebir que alguien prefiera no dirigirse nunca a ningún lugar en concreto, que alguien elija no tener rumbo, tan solo para no verles ni de lejos.

También hay que mencionar que los asaltos se redujeron hasta el absurdo. Los atracos se convirtieron en carreras de obstáculos para los bandidos, así que, ante el incremento bestial de las dificultades para hacerse con el botín, la inmensa mayoría de los ladrones desistieron y se buscaron un trabajo un poco más honrado. Aunque eso provocó que los puristas del asalto que quedaron se quitaran los pañuelos de la cara y se sentaran a hablar. Se replegaron y se organizaron para hacer frente al reto que se les planteaba. Negociaron. Cooperaron. Si el sindicato del crimen nació en algún momento, fue en ese. A partir de entonces solo se intentaba robar una de cada tres mil incursiones comerciales. Cada robo era una pequeña obra de ingeniería que estaba planificada al milímetro. Y aún pese a la espectacularidad de los asaltos, estos estaban completamente carentes de significado. Y es que cuando conseguían asaltar algún convoy luego tenían que repartirse el botín a partes iguales entre los siete mil quinientos treinta y dos integrantes del sindicado. En la mayoría de ocasiones lo que robaban era un collar de macarrones con un enorme valor sentimental. O un tarro con los dientes de leche de un niño de seis años. Así que los pocos bandidos que quedaron tras el cisma provocado por el reparto igualitario de abalorios de pasta italiana se reconvirtieron en guardas de aduanas. Y es muy posible que sus herederos sigan estacionados en las fronteras de aquí a la eternidad, efectuando un atraco simbólico en honor a todos aquellos asaltos que se truncaron por culpa de la aleatoriedad.

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