El contraste

Lo que separa el horror de la fantasía son doce tablones de madera y veinticuatro clavos. Siete ventanas tapiadas y una cerradura rota. Y es que lo que intento aquí y ahora no es más que trascender los límites de la imaginación.

Me voy a explicar al mismo tiempo que atropello el ritmo del relato. Uno no es consciente de la temperatura de una estancia hasta que no sale de ella, ¿verdad? Eso ocurre porque tu cuerpo se encarga de regular el organismo como si se tratara del sistema de refrigeración de un centro comercial. Te aclimata a lo que te rodea. Por eso sudas o tiemblas en un mismo edificio dependiendo de la planta en la que te encuentres. Aunque hay que evitar la brusquedad, porque si tal como sales de una sauna te metes en una cámara frigorífica, ten por seguro vas a saturar. Es el contraste el que te provoca esos segundos abruptos de vaivén térmico en los que comprendes que no porque sientas algo significa que sea real. Y es que puedes tener calor en Siberia y frío en el Sahara. Pues con el terror ocurre exactamente lo mismo. Todo eso nos lleva al motivo ulterior por el que estoy atrincherado en mi casa con suficientes suministros como para soportar cien plagas. Veréis, de crío sufrí un pequeño desencanto en forma de mudanza. Hablamos de un chiquillo introvertido y depresivo cuya única felicidad se la proporcionaba cuidar de su jardín y  recorrer los estantes de su biblioteca. Así que al perder mi casa la burbuja de bienestar que me acompañaba desde la infancia estalló de repente. Por primera vez vi el mundo como realmente era. Sufrí lo contrario al síndrome de Sthendhal. El temor que sentí entonces bastó para que se me cayeran los dientes de leche y para provocarme un alud de pesadillas, y de la transcripción de estas afloraron mis primeros relatos. Y aunque estos no eran malos, tampoco eran geniales. Pero eran excelentes comparado con todo lo que había escrito hasta entonces. De hecho, hasta ese incidente jamás había conseguido encadenar más de dos frases coherentes, por lo que enseguida entendí que un segundo de angustia inspira más que veinte años de esperanza.  

De verdad que no quiero ni hablar sobre la decoración estridente de la planta baja, del estampado de nubes de las cortinas del baño y del tipo de música vivaz que suena en bucle en el dormitorio. No es que evite entrar  en detalles por timidez, sino para no contagiaros la diabetes que de bien seguro contraeré al desayunar, comer y cenar el surtido de dulces y postres de chocolate que conformarán mi único menú durante el próximo lustro. A lo que aspiro encerrándome a cal y canto durante nueve años es a crear mi propio ecosistema de bienestar. Un invernadero emocional de regocijo. Pretendo que hasta la última célula de mi cuerpo se aclimate a un júbilo que jamás ha estado presente. Y es que el mundo nos muestra una atrocidad paulatina. Todo está hecho para que te acostumbres progresivamente al horror diario de manera escalonada. La adolescencia es ese periodo que nos inventamos para evitar que el contraste entre la infancia y adultez nos provoque una parada cardíaca. Sí, la pubertad es ese pasillo a temperatura ambiente que hay entre la sauna y el frigorífico. Y la trampa está ahí, en inocularnos pequeñas dosis de pánico para que nos acostumbremos a él, para que, en cierta medida, quedemos inmunizados ante las fatalidades venideras. Nadie que no hubiera sido previamente vacunado y/o amaestrado soportaría estoicamente las calamidades de la vida en lugar de rehuirlas saltando por la ventana, tal y como haría cualquiera al que se le echara encima un incendio o un león. No se nos acostumbra a arder ni a ser devorados, pero sí a transigir.

Pero yo pasaré una adolescencia bien cálida comiendo caramelos y tarareando nanas. La luz aquí es tan tenue que no podré ni distinguir mis propios lunares. No tengo espejos para no poder verme las caries. Ni relojes, para que mi ritmo vital solo lo marque mi voluntad. Y todo esto para que la burbuja crezca y se expanda hasta tal punto que cuando explote me piten los oídos durante una semana. Me acostumbraré tanto al sosiego que cuando salga por esa puerta y vea un pajarillo que ha caído de su nido y está siendo devorado por las hormigas, cuando escuche el comentario racista de algún vecino o cuando simplemente abra un periódico, tendré tamaño trauma que crearé mi propio sistema solar de angustias y temores. Y de la observación de cada una de sus constelaciones sacaré un compendio de cuentos y mitos que trastocarán el género del terror y la fantasía tal y como se conocen hasta la fecha. En el contraste entre (mi) realidad y (tú) realidad nacerán civilizaciones y dioses.

Texto publicado en el Nº 48 de Obituario Magazine, dedicado a H.P.Lovecraft.
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