La píldora

Por la razón que sea no me acabo de acostumbrar a que me manden a fregar. Ni a que me llamen Cuerpo. Ya he explorado tres veces este plano y todavía levanto mucho las cejas cada vez que sorprendo a alguien mirándome el culo de refilón. Según el prospecto, de un momento a otro empezarán los silbidos. Y de ahí ya pasaremos a los berridos y a los piropos más que desafortunados en plena calle. Tras eso ya solo quedaría el siempre imprescindible episodio de acoso físico, pero no llegaré a verlo, que al fin y al cabo esta es una alucinación apta para toda la familia.

Nadie dijo nunca que las utopías fueran a ser divertidas. Ni entretenidas, ni siquiera amenas. La píldora que me he tragado hace un instante, y que por algún motivo que no alcanzo a comprender está haciendo que me plantee depilarme las axilas antes de salir de casa, es la cura que la sociedad (y la industria farmacéutica) ha hallado contra la dulce monotonía. Y digo dulce porque de tanto saborearla hemos terminado con algo más serio que un simple empacho. Según me contaron mis padres, al principio fue hasta bonito; hablo de ese momento en el que el ser humano se desprendió de la estupidez de un día para otro y le dio carpetazo al compendio de actos atroces y actitudes repugnantes que llevaba reproduciendo desde la cuna. Fue un despertar brusco y colectivo, como si a la humanidad entera le lanzarán un jarro de agua fría en plena siesta. No se sabe cómo ni porqué, pero de improviso todo individuo comprendió al unísono la verdadera acepción de la palabra sensatez. La fecha en la que ocurrió está marcada con ribetes dorados en los libros de historia, igual que la de las grandes tragedias y los descubrimientos capitales. El hecho es que el mundo cambió más durante el horario de oficina de un viernes que en los tres mil años anteriores. Eso nos lleva al panorama actual, que es tan idílico como uniforme. Tan lógico y consecuente como soporífero. Mi generación sólo ha conocido un mundo vegetariano, fraterno para con todas las especies y razas que lo pueblan, con un reparto de los bienes y las riquezas equitativo, que cuida al extremo las formas, y sin más religión, dogma e ideología que la concordia. La primera vez que escuché una descalificación personal tenía veinticuatro años, y fue precisamente en mi primera alucinación subvencionada por el estado. Alucinación que poco dista de la que me tiene cautivo ahora mismo. Tanta pureza de espíritu hizo que la gente se abrumara. Si eres perfecto ya no puedes mejorar. Si todos los individuos que conoces son igual que tú, ya no hay nada que te haga destacar ni que te diferencie. Un sujeto sin opuesto desdibuja su contorno. Así que una vez que la humanidad se elevó moralmente por encima de la termósfera, una vez las guerras, las hambrunas y los conflictos de todo tipo se extinguieron, la tasa de suicidios se multiplicó por cuatrocientos mil. La depresión se instaló en cada domicilio en la misma medida que las especies en peligro de extinción repoblaban sus respectivos ecosistemas. La respuesta para esa nueva pandemia anímica  fueron las píldoras avaladas por la OMS que nos ocupan. Lo contrario a los antipsicóticos.

Cada píldora induce a tu mente a creer que todavía vive en un mundo patrocinado por la oscuridad y la memez. La píldora Maya te hace ver el mundo tal y como sería si las abejas hubieran desaparecido por culpa del cambio climático. La píldora Auschwitz te muestra una realidad en la que el fascismo controla las instituciones sin disimular. La píldora Simone, que es la que me he tomado hoy, reajusta lo que ves y lo que oyes para que creas que la esencia de un movimiento en pos de la igualdad transversal de género nunca se hubiera llegado a  condensar en una palabra de nueve letras. Con esta misma píldora, sientes que la identidad condiciona tus aptitudes y posibilidades, y que la maternidad es una losa demasiado pesada como para compaginarla con respirar. Como intentes sacarte un título de medicina en medio de esta ilusión, las autoridades te acusarán de brujería. Básicamente esta pastilla recubierta por una película de plástico rosada te hace creer que perteneces al equipo contrario, a los otros que hay dentro de nosotros. No importa cuan fuerte lo intentes, porque mientras estés embriagado por los efectos de la medicina serás incapaz de colocar el nombre de alguna autora entre las listas de tus artistas favoritos. Por su lado, la píldora Rex amilana tus sentidos y se los lleva de la mano hacia una distopía asmática en la que no se hubieran abandonado los combustibles fósiles y las energías renovables todavía fueran consideradas delirios de ciencia ficción.

Y aunque parezca raro los beneficios activos de estos medicamentos sin receta empiezan cuando sus efectos desaparecen. Uno tiembla y se horroriza en cada nueva alucinación, y al regresar a la realidad se maravilla de los logros consolidados desde hace décadas. Lo común se torna así extraordinario. La última vez que me tomé una píldora Amancio, me pasé dos semanas besando las etiquetas de mi ropa de comercio justo fabricada por empleados mayores de edad y con contratos dignos. Es cierto que no se valora igual algo asimilado que conquistado, y supongo que es por eso mismo que cuando se me pasen los efectos de la medicación revisaré las nóminas de los últimos siete años en búsqueda de un impuesto invisible que se me haya podido aplicar en función de mis genitales. Cuando se disipen las secuelas del psicofármaco me regocijaré durante semanas con cada muestra de respeto lógica, obvia, y para nada plausible.

Texto publicado en el Nº 49 de Obituario Magazine, dedicado a Simone de Beauvoir.

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