La fluidez

Coges una silla, la levantas por encima de tus hombros, y la estrellas contra la espalda del primer indeseable que se acerque. Y repites el movimiento hasta que no quede ni uno en pie. Si te atacan fuera de un restaurante y no tienes suficientes sillas a mano también puedes utilizar menaje del hogar para atizarles. O las llaves del coche. Cuando estén todos tirados por el suelo, aullando y quejándose por las contusiones, ya sólo debes relajarte y tomártelo con calma hasta que la siguiente oleada venga a por ti. Y bien te vale aprovechar ese instante de tranquilidad, porque será tú único momento libre del día. Es precisamente en ese lapso en el que estamos ahora, y cuando digo estamos quiero decir que estoy. Porque siempre estoy solo con y contra esto de sobrevivir.

Se necesitan diez minutos para preparar un té blanco, pero esta panda de gamberros no me deja tiempo ni para escoger la taza. Y así no hay quien se prepare una infusión de cicuta. Hoy tampoco creo que me dé tiempo a envenenarme pero aun así lo voy a intentar. Ser agua también significa evaporarse cuando el calor aprieta demasiado, y yo llevo años en estado de ebullición. Pero retrocedamos un poco para coger perspectiva. Todavía no me toca liarme a palos con la siguiente ronda de ninjas, así que hagamos números mientras limpio la tetera. El balance de hoy es de cuarenta matones inconscientes y trece gánsteres en coma. Me he visto obligado a batirme en duelo con toda una graduación de monjes Shaolin, y por si fuera poco lo he tenido que hacer con un calzón de cuero de todo menos elegante. También he conseguido zafarme de un tigre, esquivar un puñado de balas, y escapar del interior de un coche en llamas justo antes de que saltara por los aires. El balance de hoy es de doscientas pulsaciones por minuto. Sí, el balance de hoy y el de esta semana es el mismo que el de ayer y la semana pasada. Idéntico al de todos y cada uno de los días desde hace treinta y dos años.

La temperatura correcta a la que debes hervir el agua para preparar un té negro es de noventa y cinco grados. Entre setenta y ochenta grados en el supuesto que quieras hacer té verde. Hasta ahora nadie ha establecido lo caliente que tiene que estar el agua para potenciar el sabor de la lejía, aunque yo la recomiendo servir a temperatura ambiente. Pero me gustaría decir algo hasta que toda esta pócima que siempre preparo pero nunca consigo probar empiece a hacer chup-chup. Escucha, cuando enaltezco el agua en entrevistas televisadas no lo hago para ir de místico, ni para que se me tache del típico oriental que aprovecha la lejanía de su hogar para vender filosofía de baratillo del tipo galleta-de-la-fortuna a sus vecinos occidentales. Si despego un poco el culo de la silla y me echo hacia delante cuando insisto en que seas agua, amigo mío, es para enseñarte la maniobra de supervivencia por antonomasia; una que hará que rías de la de Heimlich. Pero para ello necesito que tengas muy en cuenta que Platón significa espaldas anchas en latín, y que al tipo le pusieron ese nombre porque entre sus hombros se podían sentar cuatro embarazadas. Esa espalda no tendió hacia el infinito a fuerza de rumiar, sino porque el sabio levantaba pedruscos con musgo desde sus talones hasta su clavícula en series de doce repeticiones. Sé que cuando te imaginas a un erudito lo haces proyectando la imagen de un individuo canoso, encorvado y que tose un poco más de la cuenta cuando pontifica sobre ética, pero lo cierto es que la mayoría de los grandes pensadores clásicos eran capaces de partir nueces con las nalgas. Aristóteles tenía más pinta de quarterback que de bibliotecario. Así que, por favor, no me tomes demasiado a la ligera sólo porque me haga setecientas flexiones antes de desayunar. Que mi abdomen parezca una cordillera de mármol no me quita ni una pizca de veracidad, más bien al contrario. Pero mi cuerpo supra humano no es tanto una herramienta para legitimar mi discurso como un chaleco salvavidas, y hablo de manera literal. Necesito poder lanzar doscientos puñetazos por minuto y elevar la pierna a la altura de un aro de baloncesto para poder defenderme de los ataques constantes a los que estoy sujeto. Y también para ponerles fin de una vez por todas. Hasta cierto punto soy un trasunto con ojos rasgados de aquel personaje de Richard Matheson que cada día, después de que se pusiera el sol, lidiaba con una legión de vampiros que se le plantaban en el felpudo de casa, y no precisamente para pedirle un pizca de sal o una cabeza de ajos. Los vampiros no tenían más propósito que acabar con el héroe, y no cesaban en su empeño hasta que los primeros rayos de sol despuntaban y se veían obligados a regresar a sus guaridas. A mí me sucede algo parecido, salvo que lo que me hostiga no es un personaje de ficción, aunque sí que es místico y atemporal. Hablo de la mismísima Muerte. La parca, o como la quieras llamar. El caso es que la tía no respeta ni la hora de la siesta y hasta sonámbulo tengo que pelear entre espasmos de la fase rem. Me la tiene jurada desde que nací. El nombre que consta en mi partida de nacimiento significa Fénix en mandarín, y supongo que a la señorita de negro le pareció algo presuntuoso.

Espera. Solo aguarda un segundo, que uno de ellos no estaba del todo grogui y tengo que ir a plantarle la puntera de mi zapato entre los ojos. Ojalá no tuviera una velocidad de reacción que se sale de la gráfica. Perdona, iba a contar que de pequeño me caí de la cuna. Éramos bastantes en la familia y yo ocupaba la cama más próxima al techo. Por una cuestión estricta de falta espacio las camas estaban apilonadas en forma de litera, tal y como si fueran un pastel de boda. El camastro más pequeño, el mío, estaba situado en la cima, y las noches de verano en las que dormíamos con la ventana abierta aquello se balanceaba como un postre de gelatina. Una noche debió soplar más viento de la cuenta porque terminé cayendo al vacío. La altura era considerable pero de un modo u otro sobreviví gracias al acolchado de los periódicos que utilizábamos a modo de moqueta. La propia sección de necrológicas impidió que la protagonizara al día siguiente, aunque mi nariz salió tan mal parada que todavía hoy conservo la manía de palpármela de vez en cuando para comprobar que sigue entera. En su momento mis padres lo tacharon de milagro, pero pronto descubrieron que los milagros no son más que erratas del destino. El tema es que yo debería haber muerto en aquel entonces y no lo hice. Así que la Muerte se ofendió y decidió recuperar lo creía suyo. Vino a buscarme una y otra vez. Envío enfermedades y cataclismos al vecindario, y me salvé de todos ellos en parte gracias a los antibióticos y en parte a que mis padres contrataron un seguro de hogar a todo riesgo. Y cuando a la muerte se le acabó la paciencia decidió hacer una subcontrata. Tiró de sicarios, vaya. Debió establecer una recompensa más que generosa, ya que desde entonces recibo la visita diaria de un puñado de matones; los cuales ya has podido ver en mis películas, atacándome sin venir a cuento e inventándose pretextos estúpidos para entablar batalla en grupos de veinte. Documentales o Retransmisiones en directo con el lugar del siniestro son términos más adecuados que Cine de acción para definir lo que hago.

Por suerte o por desgracia mi familia se volcó en mi supervivencia. El primer regalo de aniversario que recuerdo fue un nunchaku de metal. Mis amigos asistían a clases de futbol o tomaban lecciones de violín, pero a mí me apuntaron a seminarios de esgrima tailandesa y cursos de Kung fu. Por navidad pedí un tren eléctrico y recibí un spray de pimienta. Pero lo que más me marcó fue que mi abuela les hiciera jerséis de punto a mis hermanos y que a mí, en cambio, me tejiera un mono tan amarillo como ignifugo. Desde que tengo uso de razón me defiendo con uñas y dientes antes de empezar a hacer la digestión, y mis entrenamientos espartanos se han convertido en el equivalente del inhalador de aquel que tiene asma. Sobrevivir es mi enfermedad crónica particular. Por todo esto te recomiendo que aprendas a fluir entre los problemas si deseas sobrevivir a peligros mayúsculos como la familia Manson y/o Chuck Norris. Pero yo hace tiempo que me harté de todo esto de pegarle palizas a ejércitos enteros. Intento dejarlo pero no puedo. No tengo tiempo. He desarrollado unos reflejos tan sobrehumanos que me impiden quedarme quieto en una persecución. Si alguien me empuja ni siquiera me doy cuenta de lo que hago hasta que no termino  de lanzar una combinación de cinco patadas giratorias. La autodefensa emana de mi interior como si fuera un manantial. La única manera de matarme es hacerlo desde dentro, y para ello no hay mejor manera que el veneno. Si mi cuerpo detecta cualquier agresión se contrae y lo elimina con movimientos envolventes, por eso debo envenenarme con la placidez implícita que hay en la ceremonia del té. Pero no me dejan ni sorber la cucharilla, joder. Ahora mismo me mataría con gusto si los asesinos a sueldo me dejaran tiempo para hacerlo. Así que he llegado al punto en el que entreno como un loco para ser más fuerte, pero no para sobrevivir a los embistes de esta gentuza, sino para poder despacharlos con suficiente rapidez como para tener tiempo de darle un sorbo al funesto brebaje.

Mira, ahí están. Los plastas. Ya les veo venir gritando desde el horizonte, corriendo con el puño en alto. Qué pesadez de gente, por dios. Pero lo llevan crudo, porque ni a un río se le puede apuñalar ni a una cascada se la puede estrangular. Le deseo algo más que suerte al que intente acribillar a un lago, y cantidades ingentes de ánimo a aquel que pretenda ahogar a un océano. No importa que no recuerdes en qué año estamos, pero no lo olvides nunca: es la lluvia la que te cala a ti y no al revés. Debes fluir como el agua y no dudar en convertirte en un jarrón cuando sea preciso. Y no lo digo en sentido metafórico, que el interior de un jarrón es un escondite estupendo para despistar a la Yakuza.

Texto publicado en el Nº 50 de Obituario Magazine.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s