El hoyo

Antes siquiera de dar la primera palada quiero dejar muy claro que la profesión de saqueador de tumbas es tan respetable como las de abogado e ingeniero, y mucho más necesaria que la de decorador de interiores. Y aunque yo me dedique a una versión algo menos reconocida, me esfuerzo por preservar la dignidad tácita del gremio. Con esto quiero decir que soy estricto con los protocolos de actuación y respetuoso con el desvalijado. Bueno, lo cierto es que cuando hablo de protocolos me refiero a ponerme guantes. Cuando me autoproclamo respetuoso estoy diciendo que intento no tirar ceniza dentro del féretro. La noche es todavía más corta de lo que se dice por ahí, por lo que empezaré a cavar a la de ya. Y como esto va para largo aprovecharé para matizar lo de mi empleo. Lo que ocurre es que pertenezco a la clase media de los asaltadores de nichos. Todo en este mundo tiene su propia clase media ¿verdad? Los farmacéuticos, por ejemplo, son la clase media de la sanidad: no dan tanta grima como los herbolarios, pero tampoco inspiran la falsa sensación de nobleza de los médicos. El reino animal está en las mismas, claro. El leopardo es más grande y peligroso que el gato, pero ni se acerca a la majestuosidad del tigre. Los europeos son a su vez el quiero y no puedo de la humanidad. Pues conmigo y mi oficio ocurre exactamente lo mismo. No soy tan ruin como para ir por ahí profanando fosas comunes pero tampoco tan elitista como para desvalijar sarcófagos. Vaya, que lo que yo hago es asaltar cementerios de animales.

Esto es lo que hay. Vengo aquí cuatro noches por semana a hurgar bajo tierra con la más que decente esperanza de encontrar una sortija de oro, o un cheque en blanco, entre los huesos de un hámster. Y no, no estoy loco. Por lo menos no tanto como los que juegan a la lotería. Es el ensayo y error el que habla cuando afirmo que las tumbas de mascotas son las que mantienen una mejor relación botín-esfuerzo. Primero está el tema de la seguridad. Hay vertederos con más custodia que cualquier cementerio de animales. Pero si ni siquiera tienen puertas, hombre. Aquí los muros son matorrales y los cuervos hacen las veces de cámaras de vigilancia. Luego está el asunto de que por estos lares un saqueador pasa completamente inadvertido. El recinto está a rebosar de individuos que pasean con una pala en una mano y la bolsa de la compra en la otra. Y la mayoría no vienen a asaltar, no, al contrario. Vienen a hacer ofrendas compensatorias. Es demasiado habitual sorprender a una anciana abriendo con las uñas el féretro de su gato de angora para enterrar un abrigo de piel de visón junto a él. Y quien dice un abrigo ostentoso dice un ordenador portátil. O un perfume francés. La mayoría de veces ni siquiera se molestan en quitar la etiqueta del precio, y en no pocas ocasiones entierran el regalo junto al ticket de compra y puedo ir al centro comercial a hacer una devolución. Y no estoy hablando de marcianos, eh. Hablo de tus vecinos y de la gente con la que te abrazas de vez en cuando. Hablo de fulanos que sienten ardor de estómago por no haber paseado suficiente a sus perros, por no haber acariciado más a menudo a sus gatos, por haber alimentado con detergente a sus peces aquel día que estaban borrachos. Tipos que duermen mejor si se acercan a la tumba de su iguana y envuelven sus restos con un pañuelo de diseño. Y todo esto que parece tan raro no lo es en absoluto. Hablamos de simple arrepentimiento, de simple ojalá hubiera hecho esto y aquello y ojalá lo hubiera hecho ayer. Pues estas personas y su desmedido sentimiento de culpa son los que pagan mis facturas. Y no, no me avergüenza decir que para mí la muerte es un recurso natural más preciado que el petróleo.

Llevo un rato tirando a largo dándole a la pala, tengo la espalda empapada de sudor y el corazón me retumba como un tractor comunista, pero no hay ataúd alguno a la vista. Yo diría que este hoyo en el que estoy metido hasta los hombros es la tumba de un husky, y la profundidad a la que entierras a tu mascota es inversamente proporcional a las veces que la llevaste al veterinario. Así que genial, que todo apunta a que no saldré de aquí sin un robot de cocina o un par de palos de golf. Pero claro, no todo iba a ser tan fácil, no todo iba a ser cavar y encontrarse un Stradivarius. Nada es nunca, y nunca es nada, tan fácil. Aunque podría serlo si no fuera por el miedo que sienten ciertas personas ante la ausencia de mañana. Ahora me refiero a unos sujetos que también rondan por aquí y que están poseídos por algo bastante más turbio que la culpabilidad. Ahora hablo de gente que se toma la defunción de su mascota como una oportunidad para eludir la suya. Y estos sí que son marcianos. Mucho ojo con abrazar a alguno de ellos. Estos tarados ya los conoces de vista, te los has cruzado por la calle y te has girado para verlos bien. Son los típicos que se parecen hasta el absurdo a sus animales de compañía. Sí, esos. Esos que parece que estén paseando a una réplica peluda de su persona. Se escucha por ahí que el amor y el cariño hacen que las mascotas se asemejen a sus dueños, pero no es cierto. No lo es ni de coña. La semana pasada desenterré a una tortuga con tupé, y el amor moverá montañas, pero te aseguro que no practica injertos capilares. Una mascota se parece a su amo tanto como este se aficione a la cirugía y/o al bricolaje. Hay quien ingresa a su hurón en una clínica privada de Miami para realizarle una rinoplastia, y hay quien le dibuja unas cejas con rotulador a su camaleón. Cada uno se clona como buenamente puede. Los métodos pueden variar pero el objetivo es siempre el mismo. El objetivo siempre es un intento de estafa a escala vital. Así que cuando veas por ahí a un dálmata idéntico a su dueño, no caigas en el error de creer que eso es producto de la fuerza de la amistad, ten claro que eso o es pintura o es vitíligo. Y todo este paripé de transmutar a tu mascota en algo parecido a ti no tiene otro propósito que alcanzar la inmortalidad. Y esto que parece tan raro lo es hasta decir basta. Hay que estar más que fatal para disfrazar el cadáver de tu animal de compañía con la idea de que alguien (o algo) del más aquí o del más allá lo confunda contigo y que ocupe así tu lugar en el ciclo de la vida. Como si tu mascota fuera un hermano gemelo que te puede sustituir en una cita. Tienes que estar desquiciado de verdad para tener la más remota esperanza de que esa mierda vaya a funcionar.  Una cosa es intentar sobrevivir a la desesperada y otra muy distinta creer que la parca es una compañía de seguros a la que puedes timar fingiendo una cojera. Joder, es que estos mismos pusilánimes son los que luego piden ser enterrados con chalecos reflectantes para intentar evitar que la oscuridad se les trague.

Espera. Por fin he alcanzado el féretro. Han sido cinco horas de excavación y el panorama no podría ser más desolador, porque lo que tengo entre las manos es una caja de puros. Ahí va un dato útil para asaltadores novatos. Aquellos que invierten sus ahorros para en moldear a su mascota a su imagen y semejanza suelen quedarse sin presupuesto para el ataúd. Así que si alguna vez encuentras algo envuelto en una sábana o papel de periódico, corre y no mires atrás. Ahora mismo sospecho de alguien hipotecado de por vida por ponerle vete a saber qué implantes de silicona al bicho de turno. Aberración a la vista. Quizás alguno le busque justificación a este despropósito de intentar sobrevivir tirando de esperpento. Quizás alguno diga que al fin y al cabo las mascotas son nuestro primer enfrentamiento con la muerte. Que el segundo son los abuelos. Que el tercero son los padres. Que el cuarto eres tú. Y que no hay quinto. Quizás alguno afirme comprender que haya quien no quiera subir al siguiente escalón de tan miserable y corta escalera y que intente bajar con el culo encima de la barandilla. Quizás alguno dirá que la payasada anteriormente expuesta es una maniobra de evasión estrambótica, pero una maniobra como otra cualquiera. Que la incertidumbre es la clase media de la vida. Que maquillar el cadáver de tu loro no es menos efectivo que rezar. Que por intentarlo no se pierde nada, dicen. Que al fin y al cabo en los incendios en rascacielos también hay gente que salta por la ventana. Algún neurótico habrá que diga en voz alta que quizás sea cierto eso de que sólo en la demencia se vislumbra la salvación que no se concibe en la cordura.

En fin, posponer esto no servirá de nada, así que vamos allá. Abramos de una vez este féretro demasiado improvisado, destapemos este desastre demasiado planeado. No sé si hallaremos una armónica o un reloj de plata o la maqueta de un avión de la segunda guerra mundial, pero agárrate, porque si aquí dentro no encontramos remordimientos envueltos en papel de regalo, nos toparemos con  un ser empadronado en Chernóbil. Con un engendro fruto de una fuga nuclear de egoísmo y terror a lo desconocido.  

Relato publicado en el libro OBITUARIO, de Obituario Magazine. Se puede adquirir por aquí.
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